El Espíritu Santo en el Pacto – Charles Spurgeon

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“Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu.” Ezequiel 36: 27.

El Espíritu Santo es la tercera Persona en el pacto. Ya hemos considerado a “Dios en el Pacto” y a “Cristo en el Pacto” y, ahora, esta mañana, vamos a considerar al Espíritu Santo en el pacto. Recuerden que es necesario que un Dios Trino obre la salvación de los miembros del pueblo de Dios, si es que han de ser salvados; y fue absolutamente necesario que, cuando se realizó el pacto, todo lo que se requería fuera incluido en él; y, entre todas las cosas necesarias está el Espíritu Santo, sin quien todas las cosas hechas incluso por el Padre y por Jesucristo, serían ineficaces, pues Él es necesario tanto como el Salvador de los hombres o el Padre de los espíritus.

En esta época, cuando el Espíritu Santo es olvidado demasiado, y sólo una pequeña honra es concedida a Su sagrada persona, siento que hay en mí una profunda responsabilidad de esforzarme por engrandecer Su grande y santo nombre. Casi tiemblo esta mañana al adentrarme en un tema tan profundo, para el que me confieso incompetente. Pero, a pesar de ello, y confiando en la ayuda, en la guía y el testimonio del propio Espíritu Santo, me aventuro en una exposición de este texto: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu.”

El Espíritu Santo es dado, en el pacto, a todos los hijos de Dios, siendo recibido por cada uno a su debido tiempo; sin embargo, el Espíritu Santo descendió primero sobre nuestro Señor Jesucristo, y se posó en Él como nuestra Cabeza del pacto, “como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras.” El Padre ha dado el Espíritu Santo a Su Hijo sin medida; y partiendo del Hijo, “los hermanos que habitan juntos en armonía” (o en unión con Cristo) participan del Espíritu, con medida, pero aun así, en abundancia. Esta santa unción se derrama a partir de Jesús, el Ungido, y baña cada parte de Su cuerpo místico, unge a cada miembro de Su Iglesia. La declaración de Dios en lo tocante a Cristo fue: “he puesto sobre ÉL mi Espíritu”; y Él mismo dijo: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantado de corazón.” El Espíritu fue derramado primero en Cristo, y de Él desciende a todos aquellos que están unidos con Su persona adorable. Bendigamos el nombre de Cristo si estamos unidos a Él; y miremos a nuestra Cabeza del pacto, esperando que de Él fluya la unción celestial que ha de ungir a nuestras almas.

Mi texto es una de esas promesas incondicionales de la Escritura. Hay muchas promesas condicionales en la Palabra de Dios, dadas a ciertos caracteres, aunque incluso esas promesas son incondicionales en un sentido, puesto que la propia condición de la promesa es asegurada por alguna otra promesa como un don; pero esta promesa no tiene condición alguna. No dice: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, si lo piden”; dice sencillamente, sin reserva o estipulación: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu.” La razón es obvia. Mientras el Espíritu no sea puesto dentro de nosotros, no podemos sentir nuestra necesidad del Espíritu, ni podemos pedirlo ni buscarlo. Por ello es necesario que haya una promesa absolutamente incondicional, hecha a todos los hijos elegidos de Dios, que les proporcione la gracia de esperar, la gracia de desear, la gracia de buscar y la gracia de creer, que los inducirá a suspirar por Jesús y a tener hambre y sed de Él.

Para todo aquél que sea, como Cristo, “para Dios escogido y precioso”, para toda alma redimida, sin importar cuán hundida esté en el pecado, cuán perdida y arruinada sea por la Caída, sin importar cuánto odie a Dios y desprecie a su Redentor, esta promesa sigue siendo válida: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu”; y, a su debido tiempo, cada uno de ellos tendrá ese Espíritu, que los revivirá de los muertos, los inducirá a buscar el perdón, los conducirá a confiar en Cristo, y los adoptará en la familia viviente de Dios.

La promesa se relaciona también con una bendición interna que ha de ser otorgada: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu”. Recuerden que tenemos el Espíritu de Dios en Su Palabra escrita, y también con todo fiel ministro del Evangelio, y el Espíritu nos es concedido de igual manera en las ordenanzas de la Iglesia de Cristo. Dios nos está dando perpetuamente el Espíritu a través de estos medios. Pero sería en vano que oyéramos acerca del Espíritu, o que habláramos de Él, o que creyéramos en Él, a menos que experimentemos Su poder dentro de nosotros; aquí, por tanto, tenemos la promesa de esa bendición interna: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu”.

Vamos a considerar ahora esta promesa en todo su alcance; ¡rogamos que el propio Espíritu Santo nos ayude para hacerlo! Tomaremos las diversas obras del Espíritu Santo, una a una, y recordaremos que, en todas las obras que realiza, el Espíritu participa en el pacto para ser poseído por cada uno de los creyentes.

I.   En primer lugar, Cristo nos enseña que: “El ESPÍRITU ES EL QUE DA VIDA.”

Hasta que se complace en soplar sobre el alma, el alma está muerta a toda vida espiritual. No es sino hasta que el Espíritu, como un viento celestial, sopla sobre los huesos secos y pone la vida en ellos, que esos huesos pueden vivir. Ustedes podrían tomar un cadáver y vestirlo con todas las vestiduras de la decencia exterior; podrían lavarlo con el agua de la moralidad; sí, podrían engalanarlo con la corona de la profesión, poner sobre su sien una tiara de belleza y pintar sus mejillas hasta volverlas semejantes a la vida misma. Pero han de recordar que a menos que el espíritu esté allí, la corrupción se apoderará muy pronto de ese cadáver.

Entonces, amados, es el Espíritu quien es el Vivificador; ustedes habrían estado ahora “muertos en vuestros delitos y pecados” como siempre lo estuvieron, si no hubiese sido por el Espíritu Santo, que los revivió. Ustedes yacían, no simplemente “arrojados sobre la faz del campo”, sino, peor todavía que eso, eran la propia presa de la mortalidad; la corrupción era su padre, el gusano era su madre y su hermana; ustedes eran un olor desagradable para la nariz del Todopoderoso. Fue así que el Salvador los contempló en toda su abominación, y les dijo: “Vivid”. En aquel momento, ustedes fueron “hechos renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.” La vida entró en ustedes siguiendo Su mandato; fue entonces que el Espíritu los vivificó. Las palabras de Jesús son, según les dijo a Sus discípulos: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.” Ustedes fueron revividos enteramente por medio del poder del Espíritu vivificador.

El Espíritu, como un viento celestial

Sopla sobre los hijos de la carne;

Recrea una mente celestial

Y forma otra vez al hombre.”

Entonces, si ustedes sienten en cualquier momento -como sin duda habrán de sentirlo- que la muerte está obrando en ustedes marchitando la floración de su piedad, enfriando el fervor de sus devociones y apagando el ardor de su fe, recuerden que aquel que primero los revivió ha de guardarlos con vida. El Espíritu de Dios es la savia que fluyó dentro su pobre rama seca, debido a que fueron injertados en Cristo; y así como, por esa savia, fueron inicialmente reverdecidos con vida, así también, es únicamente por esa savia que pueden producir alguna vez fruto para Dios. Por el Espíritu respiraron por primera vez cuando clamaron pidiendo misericordia, y del mismo Espíritu han de tomar aliento para alabar esa misericordia con himnos y antífonas de gozo. Habiendo comenzado por el Espíritu, han de acabar por el Espíritu. “La carne para nada aprovecha”; las obras de la ley no les ayudarán; los pensamientos y las estratagemas de sus propios corazones son vanos. Si Dios el Espíritu Santo se retirara de ustedes, serían separados de Cristo, serían más depravados de lo que eran antes de su conversión y serían más corruptos de lo que eran antes de ser regenerados: “dos veces muertos y desarraigados”. Ustedes han de vivir en Su vida, confiar en Su poder para sustentarlos, y buscar en Él las nuevas provisiones cuando la marea de su vida espiritual esté bajando de nivel.

II.   NECESITAMOS AL ESPÍRITU SANTO, COMO UN ESPÍRITU AUXILIAR EN TODOS LOS DEBERES QUE DEBEMOS REALIZAR.

El deber cristiano más común es el de la oración; pues el más insignificante hijo de Dios ha de ser un hijo que ora. Recuerden, entonces, que está escrito: “De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos.” El Espíritu de Dios está en el pacto como nuestra grandiosa ayuda en todas nuestras peticiones al trono de la gracia.

Hijo de Dios, tú no sabes qué es lo que debes pedir; apóyate, entonces, en el Espíritu, como el Inspirador de la oración, quien te dirá cómo debes orar. Algunas veces no sabes cómo expresar aquello que deseas; apóyate en el Espíritu, entonces, como en Aquel que puede tocar tus labios con “un carbón encendido, tomado del altar”, por medio del cual serás capaz de derramar tus fervientes deseos delante del trono.

A veces, incluso cuando tú tienes vida y poder dentro de ti, eres incapaz de expresar tus emociones interiores; entonces descansa en ese Espíritu para interpretar tus sentimientos, pues Él “intercede por nosotros con gemidos indecibles.” Cuando, a semejanza de Jacob, estás luchando con el ángel y has sido casi derribado, pídele al Espíritu que vigorice tus brazos. El Espíritu Santo es la rueda del carro de la oración. La oración es el carro, el deseo puede proporcionar el impulso hacia delante, pero el Espíritu es la propia rueda que hace que se mueva. Él empuja al deseo y hace que el carro ruede velozmente y lleve al cielo las súplicas de los santos, siempre que el deseo del corazón sea “según la voluntad de Dios.”

Otro deber, al que son llamados algunos de los hijos de Dios, es el de la predicación, y también en esto necesitamos que el Espíritu Santo nos habilite. Aquellos a quienes Dios llama a predicar el Evangelio, son ayudados con poder de lo alto. Él ha dicho: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Es algo solemne entrar en la obra del ministerio. Sólo voy a hacer una observación aquí, pues, en este lugar, hay jóvenes que están procurando entrar en el ministerio aunque casi no conozcan el alfabeto del Evangelio; ellos se erigen como predicadores de la Palabra de Dios, cuando lo primero que deberían hacer es unirse a la clase de párvulos en una escuela para aprender a leer apropiadamente. Yo sé que hay algunos a quienes Dios ha dado el deseo de buscar en el ministerio la gloria de Su nombre y el bienestar de las almas, y que humildemente esperan a que Él les abra el camino; ¡que Dios los bendiga, y los lleve con bien! Pero, ¿podrían creerlo?, un joven fue bautizado y recibido en la iglesia un domingo, ¡y positivamente fue a un Instituto bíblico el día lunes o martes para preguntar si le querían recibir! Yo le pregunté si había predicado alguna vez antes, o si se había dirigido a media docena de estudiantes de la escuela dominical. Él respondió que “no”. ¡Pero lo que más me sorprendió fue que dijo que había sido llamado a la obra antes de ser convertido! Era un llamado del diablo, lo creo verdaderamente; no se trataba de un llamado de Dios en lo más mínimo. Tengan cuidado de no tocar el arca de Dios con dedos impíos. Todos ustedes pueden predicar, si pueden, pero tengan cuidado de no colocarse en el ministerio sin tener una solemne convicción de que el Espíritu de lo alto los haya apartado; pues, si lo hicieran, la sangre de las almas será encontrada en las faldas de sus vestidos. Demasiados se han apresurado a entrar en el lugar santo, sin tener el llamado de Dios; esos mismos, si hubieran podido salir apresuradamente del lugar santo en su lecho de muerte, habrían tenido un eterno motivo de gratitud. Pero ellos corrieron presuntuosamente, luego predicaron sin ser enviados, y por tanto, sin ser bendecidos; y, al morir, sintieron una mayor condenación proveniente del hecho que habían asumido un oficio al cual Dios nunca los había asignado. Eviten hacer eso; pero si Dios los ha llamado, sin importar cuán poco talento pudieran tener, no tengan miedo del enfado ni de la censura de nadie. Si poseen una solemne convicción en sus almas de que Dios los ha ordenado realmente a la obra del ministerio, y si han obtenido un sello para su comisión, en la conversión de al menos un alma, ni la muerte ni el infierno han de detenerlos; prosigan directamente y no piensen nunca que han de contar con ciertas dotes para ser predicadores exitosos. El único don necesario para el éxito en el ministerio, es el don del Espíritu Santo.

El viernes pasado, cuando predicaba en presencia de un grupo de ministros y uno de ellos me preguntó cómo era que Dios se había agradado en bendecirme tanto en este lugar, les comenté a los hermanos allí presentes: “No hay nadie entre ustedes a quien Dios no pudiera bendecir diez veces más, si tuviera diez veces más al Espíritu.” Pues no se trata de ninguna habilidad del hombre, -no es ninguna calificación humana- sino que lo único necesario es simplemente la influencia del Espíritu de Dios; y me ha agradado verme insultado como ignorante, indocto y desprovisto de elocuencia, todo lo cual yo sabía desde mucho antes; pero resulta ser mucho mejor así, pues entonces toda la gloria le pertenece a Dios. Que los hombres digan lo que quieran, pues yo siempre confesaré que eso es verdad. Yo soy un necio: “Me he hecho un necio al gloriarme”, si ustedes quieren. He de tomar cualquier título oprobioso que los mundanos quieran imponerme; pero ellos no pueden negar el hecho de que Dios bendice mi ministerio, que las rameras han sido salvadas, que los borrachos han sido recuperados, que algunos de los personajes más abandonados han sido cambiados, y que Dios ha realizado una obra en su medio que no habían visto nunca antes en su vida. Por tanto, demos toda la gloria a Su santo nombre. Arrojen todo el reproche que quieran sobre mí, ustedes, mundanos; mayor honra habrá para Dios, que obra como Él quiere y con el instrumento que Él elige, independientemente del hombre.

Además, amadísimos míos, para cualquier trabajo, para cualquier cosa que Dios les haya ordenado hacer en este mundo, ustedes tienen igual certeza de tener la ayuda del Espíritu Santo en ello. Si se trata de la enseñanza de una clase de niños en la escuela dominical, no crean que no pudieran tener al Espíritu Santo. Su socorro les será concedido tan libremente a ustedes como al hombre que predica a una gran asamblea. ¿Estás sentado junto al lecho de alguna pobre mujer moribunda? Debes creer que el Espíritu Santo vendrá a ti allí, de la misma manera que si estuvieras ministrando los sagrados elementos de la cena del Señor. Debes buscar tu fuerza en Dios, tanto para la tarea más humilde como para la más excelsa.

¡Labrador espiritual, afila la reja de tu arado con el Espíritu! ¡Sembrador espiritual, hunde tu semilla en el Espíritu, para que germine; y pídele al Espíritu que te dé gracia para esparcirla, para que caiga en los surcos propicios! ¡Guerrero espiritual, afila tu espada con el Espíritu, y pídele al Espíritu, cuya Palabra es una espada de dos filos, que fortalezca tu brazo para blandirla!

III.   El tercer punto al que hacemos referencia es que EL ESPÍRITU SANTO ES DADO A LOS HIJOS DE DIOS COMO UN ESPÍRITU DE REVELACIÓN Y DE INSTRUCCIÓN.

Él nos llama “de las tinieblas a su luz admirable”. Por naturaleza, nosotros somos ignorantes, y lo somos en extremo; pero el Espíritu Santo enseña a la familia de Dios, y los hace sabios. “Vosotros tenéis la unción del Santo”, -dice el apóstol Juan- “y conocéis todas las cosas”.

Estudiante de la escuela de Cristo, ¿quieres ser sabio? No le pidas al teólogo que te exponga su sistema de teología; sino, sentado mansamente a los pies de Jesús, pídele que Su Espíritu te instruya, pues yo te digo, estudiante, que aunque leas la Biblia durante muchos años, y pases sus páginas continuamente, no aprenderías nada de sus misterios ocultos sin el Espíritu. Pero, quizá, en un momento solitario de tu estudio, iluminado súbitamente por el Espíritu, aprenderás una verdad tan rápidamente como ves el centelleo de un relámpago.

Personas jóvenes, ¿están laborando para entender la doctrina de la elección? El Espíritu Santo, únicamente, es quien puede revelarla a su corazón y hacer que la comprendan. ¿Están tironeando y afanándose con la doctrina de la depravación humana? El Espíritu Santo ha de revelarles la profundidad de la perversidad del corazón humano. ¿Quieren conocer el secreto de la vida del creyente, conforme vive por la fe del Hijo de Dios, y la misteriosa comunión con el Señor de la que goza? Habrá de ser siempre un misterio para ustedes, a menos que el Espíritu Santo la abra a sus corazones.

Siempre que leas la Biblia, clama al Espíritu: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley”. El Espíritu proporciona colirio a los ciegos; y si tus ojos no están abiertos ahora, busca el colirio y así podrás ver, sí, y ver tan claramente que aquel que sólo ha aprendido en la escuela del hombre, preguntará: “¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” Aquellos que son enseñados por el Espíritu sobrepasan a menudo a quien es enseñado por el hombre. Yo me he encontrado con un labriego enteramente desprovisto de instrucción, en el campo, que nunca fue a la escuela ni siquiera por una hora en su vida, y que, sin embargo, sabía más acerca de las Santas Escrituras que muchos clérigos educados en la Universidad. Me han informado que es una práctica común de los hombres de Gales, mientras trabajan partiendo piedras en el camino, discutir puntos difíciles de la teología que muchos teólogos no pueden dominar; y esto es debido a que ellos leen humildemente las Escrituras, confiando únicamente en la guía del Espíritu Santo, y creyendo que Él los conducirá a toda la verdad; y a Él le agrada hacerlo. Cualquier otra instrucción es muy aceptable. Salomón dice: “el alma sin ciencia no es buena”. Todos nosotros deberíamos procurar saber tanto como pueda saberse; pero hemos de recordar que, en la obra de la salvación, el verdadero conocimiento debe ser obtenido mediante la enseñanza del Espíritu Santo; y si queremos aprender en el corazón, y no meramente en la cabeza, hemos de ser enseñados enteramente por el Espíritu Santo. Lo que aprenden del hombre, pueden desaprenderlo; pero lo que aprenden del Espíritu está fijado indeleblemente en su corazón y su conciencia, y ni siquiera el propio Satanás podría robárselos a ustedes.

Vayan, ustedes, ignorantes, que a menudo titubean ante las verdades de la revelación; vayan, y pregúntenle al Espíritu, pues Él es el Guía de las almas sumidas en la oscuridad; sí, y el Guía de Su propio pueblo iluminado también, pues, sin Su ayuda, incluso cuando han sido “iluminados y han gustado del don celestial”, no entenderían toda la verdad, a menos que Él los adentrara en ella.

IV.   Deseo además mencionar que DIOS NOS DARÁ EL ESPÍRITU COMO UN ESPÍRITU DE APLICACIÓN.

Así fue como Jesús dijo a Sus discípulos: “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Para simplificar el asunto, nuestro Señor agregó: “Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Permítanme recordarles cuán frecuentemente Jesús recalcó a Sus discípulos el hecho de que Él les hablaba las palabras de Su Padre: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió”. Y también: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras”. Así como Cristo dio a conocer la voluntad de Dios el Padre a Su pueblo, así también el Espíritu Santo nos da a conocer las palabras de Cristo. Yo casi podría afirmar que las palabras de Cristo no nos servirían de nada a menos que nos fueran aplicadas por el Espíritu Santo.

Amados, nosotros necesitamos la aplicación para asegurar a nuestros corazones que las palabras son nuestras, que están dirigidas a nosotros, y que tenemos un interés en su bendición; y necesitamos la unción del Espíritu para hacer que humedezcan nuestros corazones y refresquen nuestras almas.

¿Vieron alguna vez una promesa aplicada a su corazón? ¿Entienden lo que significa aplicación como la obra exclusiva del Espíritu? Sucede tal como Pablo dice que el Evangelio llegó a los tesalonicenses: “No llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre”. Algunas veces llega súbitamente; el corazón suyo pudo haber sido la escena de mil pensamientos distraídos, una oleada rompiendo contra otra oleada, hasta que la tempestad creció fuera de su control. En seguida, algún texto de la Escritura, como un potente ‘hágase’ salido de los labios de Jesús, aquietó su turbado pecho y se dio inmediatamente una gran calma, y se han preguntado de dónde vino. La dulce frase resonó como música en sus oídos; como un hojaldre rociado de miel, humedeció su lengua; como un encanto, sofocó sus ansiedades, a la vez que ha morado de manera suprema en sus pensamientos todo el día, reinando en todas sus ingobernables pasiones y agitadas pugnas. Tal vez ha continuado en su mente por semanas; adondequiera que iban, independientemente de lo que hicieran, no podían desalojarla, ni tampoco querían hacerlo, tan dulce y tan sabrosa era para su alma. ¿Acaso no han pensado sobre algún texto que es el mejor de la Biblia, el más precioso de todas las Escrituras? Eso se debió a que fue aplicado a ustedes por gracia.

¡Oh, cuánto amo las promesas aplicadas! Yo podría leer mil promesas que están registradas en las páginas de este Sagrado Volumen, y sin embargo, no obtener nada de ellas; mi corazón no ardería dentro de mí a pesar de todas las riquezas del repositorio; pero una promesa comprendida por mi alma por la aplicación del Espíritu, contiene tanta médula y grosura que constituiría un alimento suficiente para cuarenta días para muchos Elías del Señor. Cuán dulce es, en los tiempos de profunda aflicción, experimentar que esta promesa es aplicada al corazón: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. Tal vez digas: “eso es puro entusiasmo”. Por supuesto que así les parece a ustedes; como hombres naturales, no disciernen las cosas del Espíritu; pero nosotros estamos hablando acerca de cosas espirituales a hombres espirituales, y para ellos no es un mero entusiasmo. Con frecuencia es un asunto de vida o muerte. He conocido numerosos casos en los que casi el único tablón sobre el que el pobre santo atribulado fue capaz de flotar fue simplemente un texto, del cual, de una manera u otra, él había alcanzado un entendimiento tan íntimo que nada podría arrebatárselo.

Y no es sólo Su Palabra la que necesita ser aplicada a nosotros. “Tomará de lo mío, y os lo hará saber”, podría referirse, de igual manera, a la sangre preciosa de nuestro Salvador. Algunas veces cantamos:

“Hay una fuente llena con sangre”,

y hablamos de bañarnos en ella. Ahora, la fe no aplica la sangre al alma; eso corresponde Espíritu. Cierto, yo lo busco por fe; pero es el Espíritu quien me lava en “un manantial abierto… para la purificación del pecado y de la inmundicia”. Es el Espíritu quien recibe de las cosas de Cristo, y me las muestra. Tú no tendrías nunca ni una gota de sangre rociada sobre tu corazón a menos que sea rociada por la mano del Espíritu. Así, también, el manto de la justicia de Cristo es enteramente ajustado a nuestra medida por Él. No somos invitados a apropiarnos la obediencia de Cristo; pero el Espíritu nos trae todo lo que Cristo ha hecho por nosotros.

Pidan al Espíritu, entonces, que reciban la aplicación de la Palabra, la aplicación de la sangre, la aplicación del perdón y la aplicación de la gracia, y no pedirán en vano; pues Jehová ha dicho: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu”.

V.   Pero ahora debemos señalar otro punto muy importante. HEMOS DE RECIBIR AL ESPÍRITU COMO UN ESPÍRITU SANTIFICADOR.

Tal vez esta sea una de las mayores obras del Espíritu Santo: la santificación del alma. Es una gran obra purificar el alma del pecado; es más grande que si uno lavara a un leopardo hasta borrarle las manchas, o a un etíope hasta que su piel oscura se volviera blanca, pues nuestros pecados están a gran profundidad de la piel: han entrado en nuestra misma naturaleza. Si fuéramos completamente blanqueados exteriormente esta mañana, estaríamos negros y contaminados antes de mañana; y si todas las manchas fueran quitadas hoy, se formarían otra vez mañana, pues nosotros somos negros por completo. Podrían restregar la carne, pero permanece negra hasta el fin; nuestra pecaminosidad es una lepra que yace profundamente dentro de nosotros. Pero el Espíritu Santo santifica el alma; entra en el corazón, y comienza la obra de la santificación por la conversión; mantiene la posesión del corazón y preserva la santificación, derramando perpetuamente el óleo fresco de la gracia, hasta que al fin, perfeccionará la santificación haciéndonos puros y sin mancha, habilitados para morar con los más bienaventurados habitantes de la gloria.

La manera en que el Espíritu santifica es esta: primero revela al alma el mal del pecado, y hace al alma odiarlo; le muestra que se trata de un mal mortal, lleno de veneno; y cuando el alma comienza a odiarlo, lo siguiente que hace el Espíritu es mostrarle que la sangre de Cristo quita toda la culpa, y, de ese propio hecho, la conduce a odiar el pecado más de lo que lo hacía cuando conoció por primera vez su negrura. El Espíritu la lleva a “la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”; y allí toca el tañido fúnebre del pecado al tiempo que señala a la sangre de Cristo y dice: “Él derramó esta sangre por ti, para comprarte para Sí, para que seas uno de los miembros de un pueblo propio, celoso de buenas obras”.

Posteriormente, el Espíritu Santo podría, a veces, permitir que el pecado aparezca en el corazón del hijo de Dios para que pueda ser reprimido más fuertemente mediante una mayor vigilancia en el futuro; y cuando el heredero del cielo se entrega al pecado, el Espíritu Santo envía una disciplina santificadora sobre el alma, hasta que, habiendo sido quebrantado el corazón por la aflicción, por lo amoratado de la herida, el mal es limpiado; y la conciencia, sintiéndose intranquila, envía el corazón a Cristo, que quita el castigo y elimina la culpa.

Además, recuerda, creyente, que toda tu santidad es la obra del Espíritu Santo. Tú no posees ninguna gracia que no te hubiera dado el Espíritu; no tienes ni una solitaria virtud que Él no hubiera obrado en ti; no tienes ninguna bondad que no te hubiere sido dada por el Espíritu; por tanto, no te jactes nunca de tus virtudes o de tus gracias. ¿Posees ahora un dulce temperamento, aunque antes eras colérico? No te jactes de ello; todavía estarías airado si el Espíritu te dejara. ¿Eres puro ahora, aunque antes eras inmundo? No te jactes de tu pureza, cuya simiente fue traída del cielo; nunca creció en tu corazón debido a la naturaleza; se trata de un exclusivo don de Dios. ¿Está prevaleciendo la incredulidad contra ti? ¿Acaso tus lujurias, tus malvadas pasiones y tus deseos corruptos parecieran estar enseñoreándose sobre ti? Entonces no te diré: “¡levántate y al ataque!”, sino que te diré: clama fuertemente a Dios, para que puedas ser lleno del Espíritu Santo, para que al final venzas y te vuelvas más que un vencedor sobre todos tus pecados, viendo que el Señor se ha comprometido a poner Su Espíritu “dentro de ti”.

VI.   Después de hablar sobre otros dos puntos, habré concluido. EL ESPÍRITU DE DIOS ES PROMETIDO A LOS HEREDEROS DEL CIELO COMO UN ESPÍRITU DIRECTOR, para guiarlos en la senda de la providencia.

Si te encuentras alguna vez en una posición en la que no sabes qué camino tomar, recuerda que tu “fortaleza sería estarte quieto”, y tu sabiduría es esperar la voz directriz del Espíritu, diciéndote: “Este es el camino, andad por él”. Yo mismo he probado esto, y estoy seguro de que todo hijo de Dios que ha sido colocado en dificultades, debe haber sentido, a veces, la realidad y la bienaventuranza de esta guía. Y, ¿no le has pedido nunca que te dirija? Si se lo has pedido, ¿descubriste alguna vez que te fuiste por el camino equivocado? No me refiero al tipo de oraciones que presenta la gente que pide consejo, pero que no se lo pide al Señor; “que se apartan para descender a Egipto… para fortalecerse con la fuerza de Faraón”, y luego le piden a Dios que los bendiga en un camino que Él nunca sancionó. No; has de comenzar rectamente renunciando a toda otra confianza. Es sólo así que puedes disfrutar de Su promesa: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará”. Toma contigo, hijo de Dios, una abierta confesión; di: “Señor, yo deseo, como una cortina de agua, ser movido por el aliento del Espíritu; aquí permanezco, ‘pasivo en Tu mano’; quisiera no conocer ninguna voluntad sino la Tuya: ¡muéstrame Tu voluntad, oh Señor! Enséñame qué he de hacer, y qué he de dejar de hacer”.

Para algunos de ustedes, esto podría parecer puro fanatismo; ustedes no creen que Dios, el Espíritu Santo, guíe a los hombres en el camino que deben tomar. Eso podrían suponerlo si nunca han experimentado Su guía. Hemos oído que, cuando uno de nuestros viajeros ingleses en África, mencionó a los habitantes del lugar el intenso frío que prevalecía algunas veces en su país, gracias al cual el agua se tornaba tan dura que la gente podía patinar y caminar sobre ella, el rey le amenazó con matarlo si decía más mentiras, pues él no había sentido ni visto nunca tales cosas; y lo que uno no ha sentido ni visto nunca, es ciertamente un tema apropiado para la duda o para la contradicción.

Pero, en relación al pueblo del Señor, que afirman que son guiados por el Espíritu, yo les aconsejo que atiendan a sus dichos, y busquen hacer la prueba por ustedes mismos. Sería algo muy bueno que ustedes se dirigieran solamente a Dios, como un hijo, en todas sus aflicciones. Recuerden que como un abogado al que pueden consultar con seguridad, como un guía cuyas direcciones pueden seguir seguramente, como un amigo bajo cuya protección pueden confiar certeramente, el Espíritu Santo está personalmente presente en la Iglesia de Cristo, y en cada uno de los discípulos de Jesús; y no hay ningún honorario que se deba pagar excepto el honorario de la gratitud y de la alabanza, porque les ha dirigido muy bien.

VII.   Sólo una consideración adicional: EL ESPÍRITU SANTO SERÁ DADO A LOS HIJOS DE DIOS COMO UN ESPÍRITU CONSOLADOR.

Este es peculiarmente Su oficio. ¿Nunca han sentido que, inmediatamente antes de una aflicción grande y dolorosa, han experimentado un tiempo de gozo sumamente inexplicable? Escasamente sabían por qué estaban tan felices o tan tranquilos, parecían estar flotando sobre el propio Mar del Elíseo; no había nada de viento que rizara su pacífico espíritu, y todo estaba sereno y tranquilo. No estaban agitados por los cuidados ordinarios y las ansiedades del mundo; su mente entera estaba absorta en la meditación sagrada. En seguida, llega la aflicción, y dicen: “ahora lo entiendo todo; antes no podía comprender el significado de ese arrullo grato, de esa quieta tranquilidad; pero ahora veo que estaba diseñado para prepararme para estas circunstancias de prueba. Si hubiera estado abatido y desalentado cuando esta aflicción apareció en mí, habría roto mi corazón. Pero ahora, gracias a Dios, puedo percibir por medio de Jesucristo, cómo esta “leve tribulación momentánea’, produce en mí ‘un cada vez más excelente y eterno peso de gloria’”. Pero, observen, yo creo que vale la pena tener las aflicciones para recibir el consuelo del Espíritu Santo; vale la pena soportar la tormenta para experimentar los gozos.

Algunas veces, mi corazón ha sido sacudido por la maledicencia, la vergüenza y el desprecio, pues muchos hermanos ministros, de quienes pensaba mejores cosas, me han denigrado; y muchos cristianos me han dado la espalda después que fui tergiversado ante ellos, y me han odiado sin causa; pero ha sucedido que, en ese preciso instante, si la iglesia entera me hubiera dado la espalda, y el mundo entero me hubiere abucheado, no me habría conmovido grandemente, pues algún rayo brillante de la luz del sol espiritual alumbró mi corazón, y Jesús me susurró aquellas dulces palabras: “Yo soy de mi amado, y mi amado es mío”. En momentos así, las consolaciones del Espíritu no han sido ni escasas ni pequeñas para conmigo.

Oh, cristiano, si fuera capaz, te adentraría en las profundidades de este glorioso pasaje; pero como no puedo hacerlo, debo dejarlo a tu consideración. Está lleno de miel; sólo llévatelo a tus labios, y extrae la miel que hay allí. “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu”.

Para concluir, permítanme agregar uno o dos comentarios. ¿No ven aquí la absoluta certeza de la salvación de cada creyente? O más bien, ¿no es absolutamente cierto que todo miembro de la familia del Israel de Dios ha de ser salvado? Pues está escrito: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu”. ¿Piensan que, cuando Dios pone Su Espíritu dentro de los hombres, puedan posiblemente ser condenados? ¿Podrían pensar que Dios pone Su Espíritu dentro de ellos, y que sin embargo, perezcan y se pierdan? Puedes pensarlo si quieres, amigo; pero te diré lo que piensa Dios: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”. Los pecadores están lejos de Dios por las obras perversas, y no quieren venir a Él para tener vida; pero cuando Dios dice: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu”, los fuerza a venir a Él.

¡Cuán vana pretensión es profesar honrar a Dios por medio de una doctrina que hace que la salvación dependa de la voluntad del hombre! Si fuera cierto, podrían decirle a Dios: “Te damos gracias, oh Dios, por lo que Tú has hecho; Tú nos has dado muchas grandes cosas, y te ofrecemos Tu porción de alabanza que es justamente debida a Tu nombre; pero nosotros pensamos que nosotros merecemos más, pues el punto decisivo estuvo en nuestro libre albedrío”.

Amados, ninguno de ustedes debe apartarse de la gracia inmerecida de Dios, pues las charlatanerías acerca de la libre agencia del hombre no son otra cosa que mentiras, totalmente contrarias a la verdad de Cristo y a las enseñanzas del Espíritu.

¡Cuán cierta, entonces, es la salvación de cada alma elegida! No depende de la voluntad del hombre; él es conducido a “estar dispuesto” en el día del poder de Dios. Será llamado en el tiempo establecido, y su corazón será eficazmente comprometido, para volverse un trofeo del poder del Redentor. Que antes no estuviera dispuesto, no es un obstáculo; pues Dios le da la voluntad, de tal manera que luego tiene una mente dispuesta. Así, todo heredero del cielo ha de ser salvado, porque el Espíritu es puesto dentro de él, y por ese medio, su disposición y sus afectos son moldeados de acuerdo a la voluntad de Dios.

Y además, ¡cuán vano es que alguien suponga que ha sido salvado sin el Espíritu Santo! ¡Ah, queridos amigos! Los hombres llegan algunas veces muy cerca de la salvación sin ser salvados; como el pobre hombre que yacía junto al estanque de Betesda, que siempre estaba muy cerca del agua, pero sin entrar nunca en ella. Cuántos cambios hay en el carácter exterior que se parecen mucho a la conversión; pero, al no tener al Espíritu Santo en ellos, ¡fallan después de todo! Los arrepentimientos en el lecho de muerte son mirados a menudo como muy sinceros, aunque demasiado frecuentemente, así lo tememos, no son sino los primeros mordiscos del gusano que nunca muere.

Esta semana leí una extraordinaria anécdota, narrada por el doctor Campbell, acerca de una mujer, hace muchos años, que fue condenada a muerte por haber matado a su hijo, y fue colgada en el mercado Grass en Edimburgo. Ella mejoró diligentemente las seis semanas que le fueron permitidas por la ley escocesa, previo a su ejecución, y los ministros que estuvieron con ella continuamente, emitieron la opinión de que moría en la cierta y segura esperanza de la salvación. El día señalado llegó; fue colgada; pero, siendo un día muy lluvioso, y no habiendo sido preparado ningún toldo, los que estaban a cargo de su ejecución tenían gran prisa para terminarla y protegerse de la lluvia, así que fue descolgada antes del tiempo legal, y, siguiendo la costumbre, el cuerpo les fue entregado a sus amigos para ser enterrado. Consiguieron un ataúd, y la mujer fue llevada en él a East Lothian, el lugar donde su esposo iba a enterrarla. Se detuvieron en una cantina, en el camino, para refrescarse, cuando, para su gran sorpresa y alarma, entró corriendo a la cantina un niño, quien les dijo que había oído un ruido en el ataúd. Salieron de la cantina y descubrieron que la mujer estaba viva; los poderes vitales habían quedado suspendidos, pero la vida no había sido extinguida, y las sacudidas de la carreta habían restaurado su circulación. Después de unas cuantas horas, ella se repuso muy bien; la familia se cambió de residencia, y se fueron a vivir a otra parte del país. Pero la parte triste de la historia es esta: la mujer fue de un carácter tan malo después, como siempre lo había sido antes, y, en todo caso, peor. Vivía tan abiertamente en pecado, y despreciaba y odiaba a la religión incluso más de lo que lo había hecho previamente. Este es un caso muy notable. Creo que ustedes podrán ver que la gran mayoría de aquellas personas que profesan arrepentirse en su lecho de muerte, si pudieran levantarse de nuevo de sus tumbas, vivirían una vida tan profana e impía como siempre. Tengan la seguridad de esto: no hay nada excepto la gracia del Espíritu de Dios que haga una obra segura en sus almas. A menos que Él les cambie, ustedes podrían ser cambiados, pero no será un cambio que dure. A menos que Él ponga Su mano en la obra, la obra se echará a perder, el cántaro se romperá en la rueda.

Clamen a Él, por tanto, para que les dé el Espíritu Santo, y tengan la evidencia de una conversión real, y no una vil falsificación. ¡Presten atención, señores, presten atención! El miedo natural, el amor natural, los sentimientos naturales, no son la conversión. La conversión, en primer lugar, y durante toda la subsiguiente edificación, ha de ser la obra del Espíritu Santo, y solamente de Él. ¡Nunca deben quedarse tranquilos, entonces, hasta que las operaciones del Espíritu Santo sean efectuadas con toda certeza en sus corazones!   

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