El Oficio Primordial del Espíritu Santo – Charles Spurgeon

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SERMÓN PREDICADO LA NOCHE DEL JUEVES 26 DE JULIO DE 1888 POR CHARLES HADDON SPURGEON EN EL TABERNÁCULO METROPOLITANO, NEWINGTON, LONDRES, Y SELECCIONADO PARA LECTURA EL DOMINGO 14 DE OCTUBRE, 1894.

“Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Juan 16: 14, 15.

El oficio principal del Espíritu Santo es glorificar a Cristo. Él hace muchas cosas, pero su propósito en todas ellas es: glorificar a Cristo. Hermanos, tiene que ser bueno que imitemos lo que hace el Espíritu Santo; por tanto, esforcémonos en glorificar a Cristo. ¿A qué fines más excelsos podríamos dedicarnos que a algo a lo que Dios, el Espíritu Santo, se dedica? Sea esta, entonces, su continua oración: “¡Bendito Espíritu, ayúdame siempre a glorificar al Señor Jesucristo!”

Observen que el Espíritu Santo glorifica a Cristo haciéndonos saber las cosas de Cristo. Es una gran maravilla que Cristo reciba alguna gloria por mostrarse a tales pobres criaturas como somos nosotros. ¡Qué! Hacernos ver a Cristo, ¿eso le glorifica? Que nuestros débiles ojos le contemplen, que nuestros trémulos corazones le conozcan y le amen, ¿esto le glorifica? Así es, pues el Espíritu Santo escoge esto como Su principal manera de glorificar al Señor Jesús. Él toma de las cosas de Cristo, no para mostrarlas a los ángeles, no para escribirlas con letras de fuego a través de la frente de la noche, sino para mostrarlas a nosotros. Dentro del pequeño templo de un corazón santificado, Cristo es alabado, no tanto por lo que hacemos nosotros, o pensamos, como por lo que vemos. Esto pone un gran valor en la meditación, en el estudio de la Palabra de Dios, y en el pensamiento silencioso bajo la enseñanza del Espíritu Santo, pues Jesús dice: “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”.

Aquí hay una palabra evangélica en el propio inicio de nuestro sermón. Pobre pecador, consciente de tu pecado, es posible que Cristo sea glorificado cuando es mostrado a ustedes. Si le miras a Él, si le ves como un apropiado Salvador, como un Salvador todo suficiente, si el ojo de tu mente lo internaliza, si es eficazmente mostrado a ustedes por el Espíritu Santo, es glorificado por ello. Pecador como eres, aparentemente indigno de convertirte en la arena de la gloria de Cristo, serás un templo en el que la gloria del Rey será revelada, y tu pobre corazón, como un espejo, reflejará Su gracia.

“Ven, Espíritu Santo, Paloma celestial, Con todos tus poderes vivificadores”;¡y muestra a Cristo al pecador, para que Cristo sea glorificado en la salvación del pecador!

Si esa grandiosa obra de gracia es realizada realmente al comienzo del sermón, no me importaría aun si nunca lo terminara. Dios el Espíritu Santo habrá obrado más sin mí que lo que yo pudiera haber hecho, y para Jehová Trino será toda la alabanza. ¡Oh, que el nombre de Cristo sea glorificado en cada uno de ustedes! ¿Les ha mostrado el Espíritu Santo a Cristo, el Portador del pecado, el único sacrificio por el pecado, exaltado en lo alto para dar arrepentimiento y remisión? Si es así, entonces el Espíritu Santo ha glorificado a Cristo en ustedes.

Procediendo ahora a examinar el texto con un poco más de detalle, mi primera observación al respecto es esta: el Espíritu Santo es el Glorificador de nuestro Señor: “Él me glorificará”. En segundo lugar, las propias cosas de Cristo son Su mejor gloria: “Él me glorificará”; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”; y en tercer lugar, la gloria de Cristo es la gloria de Su Padre: “Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”.

I.   Para comenzar, entonces, EL ESPÍRITU SANTO ES EL GLORIFICADOR DE NUESTRO SEÑOR. Quiero que guarden esta verdad en su mente, y que nunca la olviden; lo que no glorifica a Cristo no es del Espíritu Santo, y lo que es del Espíritu Santo invariablemente glorifica a nuestro Señor Jesucristo.

Primero, entonces, tengan un ojo en esta verdad en todos los consuelos. Si un consuelo que piensan que necesitan, que les parece a ustedes que es muy dulce, no glorifica a Cristo, mírenlo muy sospechosamente. Si, al conversar con un hombre aparentemente religioso, parlotea acerca de una verdad que dice que es consoladora, pero que no honra a Cristo, no tengan nada que ver con ello. Es un dulce venenoso; podría encantarte por un momento, pero arruinará tu alma para siempre si participas de eso. Pero benditos son esos consuelos que huelen a Cristo, esas consolaciones en las que hay una fragancia de mirra, y áloes, y casia, del palacio del Rey, el consuelo extraído de Su persona, de Su obra, de Su sangre, de Su resurrección, de Su gloria, el consuelo tomado directamente de ese lugar sagrado donde pisó solo el lagar. Este es vino del que puedes beber y olvidar tu miseria, y ya no ser más infeliz; pero siempre mira con gran sospecha cualquier consuelo que te ofrezcan, ya sea como un pecador o un santo, que no venga claramente de Cristo. Di: “No voy a ser consolado hasta que Jesús me consuele. Rehusaré hacer a un lado mi abatimiento hasta que Él quite mi pecado. No voy a ir al señor Civilidad, o al señor Legalidad, para que me quiten mi carga; ningunas manos alzarán jamás la carga del pecado consciente fuera de mi corazón, sino aquellas que fueron clavadas a la cruz, cuando Jesús mismo llevó mis pecados en Su propio cuerpo sobre el madero”. Por favor, lleva esta verdad contigo por dondequiera que vayas, como un tipo de prueba decisiva por la cual puedes probar todo lo que te sea presentado como un cordial o un consuelo. Si no glorifica a Cristo, que no te consuele ni te agrade.

A continuación, tengan un ojo para esta verdad en todos los ministerios. Hay muchos ministerios en el mundo, y son muy diversos los unos de los otros; pero esta verdad te capacitará para juzgar lo que es recto dentro de todo. Ese ministerio que engrandece a Cristo es del Espíritu Santo; y ese ministerio que lo desaprueba, que lo ignora, o que lo relega al fondo en cualquier medida no es del Espíritu de Dios. Cualquier doctrina que magnifica al hombre, pero no al Redentor del hombre, cualquier doctrina que niegue la profundidad de la Caída y consecuentemente reduzca la grandeza de la salvación, cualquier doctrina que haga menos al pecado, y que por tanto minimice la obra de Cristo, ¡afuera con ella, afuera con ella! Esta será tu prueba infalible con respecto a si es del Espíritu Santo o no, pues Jesús dice: Él me glorificará”. Sería mejor hablar cinco palabras para la gloria de Cristo, que ser el orador más grande que haya vivido jamás, y descuidar o deshonrar al Señor Jesucristo. Nosotros, hermanos míos, que somos predicadores de la Palabra, tenemos un corto tiempo para vivir; dediquemos todo ese tiempo a la obra gloriosa de magnificar a Cristo. Longfellow dice, en su Salmo de Vida, que “el arte es largo”, pero más largo todavía es el gran arte de levantar al Crucificado delante de los ojos de los hijos de los hombres mordidos por el pecado. Apeguémonos a ese único empleo. Si tenemos solo esta cuerda sobre la que podemos tocar, podríamos hacer brotar tal música en ella que embelesaría a los ángeles, y salvaría a los hombres; por tanto, lo repito, apeguémonos a eso. Corneta, flauta, arpa, tamboril, salterio, dulzaina y toda clase de música son para la imagen de oro de Nabucodonosor; pero en cuanto a nuestro Dios, nuestra única arpa es Cristo Jesús. Vamos a tocar cada cuerda de ese portentoso instrumento, aunque sea con trémulos dedos, y maravillosa será la música que evocaremos de él.

Todos los ministerios, por tanto, tienen que ser sujetados a esta prueba; si no glorifican a Cristo, no son del Espíritu Santo.

Deberíamos tener también un ojo para esta verdad en todos los movimientos religiosos, y juzgarlos por esa norma. Si son del Espíritu Santo, glorifican a Cristo. Hay grandes movimientos en el mundo cada vez y cuando; estamos inclinados a mirarlos con esperanza, pues cualquier sacudida es mejor que el estancamiento; pero, pronto comenzamos a temer, con unos celos santos, cuáles serán sus efectos. ¿Cómo los vamos a juzgar? ¿A qué prueba los someteremos? Siempre a esta prueba. ¿Glorifica a Cristo este movimiento? ¿Es predicado Cristo? Entonces yo me regocijo en eso, sí, y me regocijaré. ¿Son guiados los hombres a Cristo? Entonces este es el ministerio de salvación. ¿Es Él predicado como primero y último? ¿Son los hombres invitados a ser justificados por fe en Él, y luego a seguirle y a copiar su ejemplo divino? Es bueno. Yo no creo que nadie levantara jamás la cruz de Cristo de una manera dañina. Si es solo la cruz la que se ve, es la visión de la cruz, no de las manos que la levantan las que traen la salvación. Algunos movimientos modernos son anunciados con gran ruido, y algunos vienen tranquilamente; pero si glorifican a Cristo, está bien. Pero, queridos amigos, si es alguna nueva teoría la que es propuesta, si es un viejo error revivido, si es algo muy deslumbrante y fascinante, y por un tiempo atrae y arrastra a las multitudes, no piensen nada al respecto; a menos que glorifique a Cristo no es para ustedes ni para mí. “Aliquid Christi”, como uno de los antiguos padres dijo: “Cualquier cosa de Cristo a mí me encanta; pero nada de Cristo, o algo contra Cristo, entonces puede ser muy fascinante y encantador, altamente poético, y en consonancia con el espíritu de la época; pero nosotros decimos de eso: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad donde no hay ningún Cristo”. Donde Él es levantado hay todo lo que se necesita para la salvación de una raza culpable. Juzguen cada movimiento, entonces, no por aquellos que se adhieren a él, ni por aquellos que lo admiran y lo alaban sino por esta palabra de nuestro Señor: “Él me glorificará”. El Espíritu de Dios no está en ello si no glorifica a Cristo.

Una vez más, hermanos, les ruego que miren esta verdad cuando estén bajo un sentido de gran debilidad física, mental o espiritual. Has terminado de predicar un sermón, has completado una ronda con tus tratados, o has concluido tu labor en la escuela dominical por otro domingo. Te dices: “Me temo que lo he hecho muy pobremente”. Gimes cuando te retiras a tu cama porque piensas que no has glorificado a Cristo. Es muy bueno que gimas si ese es el caso. No lo voy a prohibir, pero voy a aliviar la amargura de tu turbación recordándote que es el Espíritu Santo el que ha de glorificar a Cristo: “Él me glorificará”. Si yo predico, y el Espíritu Santo está conmigo, Cristo será glorificado; pero si yo fuera capaz de hablar con las lenguas de los hombres, y de ángeles, pero sin el poder del Espíritu Santo, Cristo no sería glorificado. Algunas veces, nuestra debilidad podría incluso ayudar a abrir paso para el mayor despliegue del poder de Dios. Si es así, podemos gloriarnos en la debilidad, para que el poder de Cristo esté en nosotros. No somos meramente nosotros los que hablamos, sino el Espíritu del Señor es el que habla por nosotros. Hay un sonido de abundancia de lluvia afuera del Tabernáculo; ¡quiera Dios que también hubiera el sonido de la abundancia de lluvia dentro de nuestros corazones! ¡Que el Espíritu Santo venga en este momento, y venga en todo tiempo siempre que Sus siervos están tratando de glorificar a Cristo, y que haga Él mismo lo que tiene que ser siempre su propia obra! ¿Cómo podemos ustedes y yo glorificar a alguien y mucho menos glorificar a Aquel que es infinitamente glorioso? Pero el Espíritu Santo, siendo Él mismo el glorioso Dios, puede glorificar al Cristo glorioso. Es una obra digna de Dios; y nos muestra, cuando pensamos en ello, la absoluta necesidad de que clamemos al Espíritu Santo para que nos tome en Su mano, y nos use como un obrero usa su martillo. ¿Qué puede hacer un martillo sin la mano que lo sujeta, y qué podemos hacer sin el Espíritu de Dios?

Sólo voy a hacer una observación más sobre este primer punto. Si el Espíritu Santo ha de glorificar a Cristo, yo les ruego que pongan un ojo en esta verdad en medio de toda oposición y contenciones. Si sólo nosotros tuviéramos la tarea de glorificar a Cristo, podríamosser derrotados; pero como el Espíritu Santo es el Glorificador de Cristo, Su gloria está en manos seguras. “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas?” El Espíritu Santo todavía está al frente; el eterno propósito de Dios de establecer a Su Rey en el trono, y hacer que Jesucristo reine por los siglos de los siglos, tiene que ser cumplido, pues el Espíritu Santo ha asumido verlo cumplido. En medio de los tumultos ondulantes de la batalla, el resultado del conflicto nunca está en duda ni por un instante. Pudiera parecer como si la suerte de la causa de Cristo pendiera de una balanza, y que los platillos estuvieran en equilibrio; pero no es así. La gloria de Cristo nunca se desvanece; tiene que aumentar de día en día, conforme es dado a conocer en los corazones de los hombres por el Espíritu Santo; y el día vendrá cuando la alabanza de Cristo subirá de todas las lenguas humanas. Toda rodilla se doblará ante Él, y cada lengua confesará que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios el Padre. Por tanto, alcen las manos que están colgando, y afirmen las rodillas débiles. Si tú has fallado en glorificar a Cristo por tu discurso como querrías, hay Otro que lo ha hecho, y que todavía lo hará, de acuerdo a las palabras de Cristo: “Él me glorificará”. Mi texto pareciera ser una campana de plata, que resuena dulce consuelo en el oído del obrero desalentado, “Él me glorificará”.

Ese es el primer punto, el Espíritu Santo es el Glorificador de nuestro Señor. Mantengan el ojo de su mente enfocado a esa verdad bajo todas las circunstancias.

II.   Ahora, en segundo lugar, LAS PROPIAS COSAS DE CRISTO SON SU MEJOR GLORIA. Cuando el Espíritu Santo quiere glorificar a Cristo, ¿qué es lo que hace? No busca nada afuera, sino que viene a Cristo mismo por aquello que será para la propia gloria de Cristo: “Él me glorificará: “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”. No puede haber ninguna gloria agregada a Cristo; tiene que ser su propia gloria que ya tiene, que es hecha más aparente para los corazones de los escogidos de Dios por el Espíritu Santo.

Primero que nada, Cristo no necesita que le glorifiquen nuevas invenciones. Hemos dado con una nueva línea de cosas”, dice uno. ¿Lo has hecho? “Hemos descubierto algo muy maravilloso”. Me atrevo a decir que sí; pero Cristo, el mismo ayer, y hoy y por los siglos, no necesita ninguno de tus inventos o descubrimientos, o adiciones a esta verdad. Un Cristo sencillo es siempre el Cristo más codiciable. Vístelo, y lo habrías deformado y difamado. Sácalo tal como es, el Cristo de Dios, nada más que Cristo, a menos que traigas Su cruz, pues nosotros predicamos a Cristo crucificado; ciertamente, no puedes tener al Cristo sin la cruz; pero predica a Cristo crucificado, y le habrás dado toda la gloria que quiere. El Espíritu Santo no revela en estos últimos tiempos ninguna ordenanza fresca, ni ninguna doctrina novel, o alguna nueva evolución; pero Él simplemente trae a la mente las cosas que Cristo mismo habló, trae las propias cosas de Cristo para nosotros, y de esa manera le glorifica.

Piensen por un minuto en la persona de Cristo como fue revelada por el Espíritu Santo. ¿Qué le puede glorificar más que veamos Su persona, Dios verdadero de Dios verdadero, y sin embargo, hombre verdadero? ¡Qué asombroso ser, tan humano como nosotros mismos, pero tan divino como Dios! ¿Hubo alguien alguna vez como Él? Jamás.

Piensen en Su encarnación, Su nacimiento en Belén. Hubo mayor gloria entre los bueyes en el establo de la que haya sido vista jamás donde esos que nacen en salones de mármol fueron envueltos en púrpura y lino fino. ¿Hubo alguna vez otro bebé como Cristo? Nunca. No me sorprende que los sabios cayeran de rodillas para adorarle.

Miren Su vida, la permanente maravilla de todas las épocas. Los hombres que no le han adorado, le han admirado. Su vida es incomparable, única; no hay nada parecido a ella en toda la historia de la humanidad. La imaginación no ha sido capaz jamás de inventar algo que se aproxime a la belleza perfecta de la vida de Jesucristo.

Piensen en Su muerte. Ha habido muchas muertes heroicas y de mártires; pero no hay una sola que pudiera ponerse lado a lado con la muerte de Cristo. Él no pagó la deuda de la naturaleza como lo hacen otros; y sin embargo, Él pagó la deuda de nuestra naturaleza. Él no murió porque tuviera que hacerlo; murió porque quiso. El único “tienes que” que le sobrevino fue una necesidad de un amor que todo lo vence. La cruz de Cristo es el portento más grande de realidad o de ficción; la ficción inventa muchas cosas maravillosas, pero nada puede ser contemplado ni por un instante en comparación con la cruz de Cristo.

Piensen en la resurrección de nuestro Señor. Si esta fuera una de las cosas que son tomadas, y mostradas a ti por el Espíritu Santo, te llenará de santo deleite. Yo estoy seguro que podría ir a ese sepulcro, donde fueron Juan y Pedro, y pasar una vida entera reverenciando al que derribó las barreras de la tumba, y la convirtió en una vía de conexión con el cielo. En vez de ser un calabozo y un callejón sin salida, al cual todos los hombres parecían ir, pero ninguno podía salir jamás, Cristo, por Su resurrección ha abierto un túnel justo a través de la tumba. Jesús, por Su muerte, ha dado muerte a la muerte para todos los creyentes.

Luego piensen en Su ascensión. ¿Pero por qué necesito llevarte por todas estas escenas con las cuales estás benditamente familiarizado? ¡Qué sorprendente hecho ese, cuando la nube le ocultó de la vista de los discípulos, los ángeles vinieron para escoltarlo a Su hogar celestial!

“Trajeron Su carruaje de lo alto, Para llevarlo a Su trono; Batieron sus alas triunfantes, y clamaron, La gloriosa obra está hecha”.

Piensen en Él ahora, a la diestra del Padre, adorado por todas las huestes celestiales; y luego dejen que su mente vuele y avance a la gloria de Su Segundo advenimiento, el juicio final con sus terribles terrores, el milenio con su indescriptible bienaventuranza, y el cielo de los cielos, con su esplendor sin paralelo y sin fin. Si el Espíritu Santo te muestra estas cosas, las visiones beatíficas ciertamente glorificarán a Cristo, y tú te sentarás, y cantarás con la Virgen bendita: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”.

Así, ustedes ven que las cosas que glorifican a Cristo están todas en Cristo; el Espíritu Santo no recupera nada de fuera, sino que toma de las cosas de Cristo, y nos las muestra a nosotros. La gloria de los reyes radica en su plata y en su oro, en su seda y sus joyas; pero la gloria de Cristo radica en Él mismo. Si queremos glorificar a un hombre, le llevamos regalos; si deseamos glorificar a Cristo, tenemos que aceptar regalos de Él. Así tomamos la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor y al hacer eso glorificamos a Cristo.

Noten, a continuación, que estas cosas de Cristo son demasiado brillantes para que las veamos hasta que el Espíritu nos las muestra. No podemos verlas por su excesiva gloria, hasta que el Espíritu Santo tiernamente nos las revela a nosotros, hasta que toma de las cosas de Cristo y nos las muestra.

¿Qué quiere decir esto? ¿No significa, primero, que ilumina nuestros entendimientos? Es maravilloso cómo el Espíritu Santo puede tomar a un necio y hacerle saber las maravillas del agonizante amor de Cristo; y Él se lo hace saber muy rápidamente cuando comienza a enseñarle.  Algunos de nosotros hemos sido aprendices muy lentos, con todo el Espíritu Santo ha sido capaz de enseñarnos algo incluso a nosotros. Él abre las Escrituras, y también abre nuestras mentes; y cuando hay estas dos aberturas juntas, ¡qué maravillosa abertura es! Se vuelve como una nueva revelación; la primera es la revelación de la letra que tenemos en el Libro; la segunda es la revelación del Espíritu, que recibimos en nuestro propio espíritu. ¡Oh, mi querido amigo, si el Espíritu Santo ha iluminado alguna vez tu entendimiento, tú sabes en qué consiste que les muestre las cosas de Cristo!

Pero a continuación Él hace esto mediante una obra en el alma entera. Quiero decir esto. Cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado, nos volvemos aptos para ver a Cristo, y así el bendito Espíritu nos muestra a Cristo. Cuando estamos conscientes de nuestra debilidad, entonces vemos la fuerza de Cristo; y así el Espíritu Santo nos lo muestra. A menudo, las operaciones del Espíritu de Dios pudieran parecer no ser directamente el mostrarnos a Cristo, pero ya que nos preparan para verle, son una parte de la obra.

El Espíritu Santo algunas veces nos muestra a Cristo por Su poder de vivificar la verdad. Yo no sé si pueda decirles lo que quiero decir; pero algunas veces he visto una verdad de manera diferente de como la he visto antes. Lo sabía desde hacía tiempo, lo reconocía como parte de la revelación divina; pero ahora me doy cuenta, lo sujeto, lo agarro, o lo que es mejor, parece que me sujetara más bien a mí, y me agarrara con sus poderosas manos. ¿No han tenido sumo gozo algunas veces con una promesa que nunca les pareció que fuera algo antes? O una doctrina que ustedes creían, pero que nunca apreciaron  plenamente, se ha convertido súbitamente en una joya de la más alta calidad, un verdadero Koh-i-Noor, o, “Montaña de Luz”. El Espíritu Santo tiene una manera de enfocar la luz, y cuando cae de esta especial manera en un cierto punto, entonces la verdad es revelada a nosotros. Él tomará de las cosas de Cristo y os las hará saber. ¿No han sentido nunca que están listos a saltar de gozo, listos a dar un salto de su silla, listos a sentarse en su cama en la noche, y cantar alabanzas a Dios sobre la influencia abrumadora de alguna vieja verdad grandiosa que les ha parecido ser de manera súbita e inmediata muy nueva para ustedes?

El Espíritu Santo también nos muestra las cosas de Cristo en nuestra experiencia. Conforme continuamos viajando en la vida, pasamos una colina y luego un valle, a través de la brillante luz del sol y a través de unas oscuras sombras, y en cada una de esas condiciones aprendemos un poco más de Cristo, un poco más de Su gracia, un poco más de Su gloria, un poco más de la carga del pecado, un poco más de Su gloriosa justicia. Bienaventurada es la vida que es precisamente una larga lección sobre la gloria de Cristo; y yo pienso que así es como debería ser cada vida cristiana. “Toda línea oscura y sinuosa” en nuestra experiencia debería encontrarse en el centro de la gloria de Cristo, y debería conducirnos más cerca y más cerca del poder de gozar de la bienaventuranza a Su diestra por los siglos de los siglos. Así el Espíritu Santo toma de las cosas de Cristo, y nos las muestra, y así glorifica a Cristo.

Amados, la lección práctica que hemos de aprender es esta: procuremos permanecer bajo la influencia del Espíritu Santo. Para ese fin, pensemos muy reverentemente en Él. Algunos no piensan en Él para nada. ¡Cuántos sermones hay sin siquiera una sola alusión a Él! ¡Qué vergüenza para los predicadores de tales discursos! ¡Si algunos oyentes vienen sin orar pidiendo la asistencia del Espíritu Santo, qué vergüenza para tales oyentes! Sabemos y confesamos que Él es todo para nuestra vida espiritual; entonces, ¿por qué no lo recordamos con mayor amor y le adoramos con un más grande honor, y pensamos en Él continuamente con mayor reverencia? Tengan cuidado de no cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Si alguno de ustedes siente algún toque suave de Su poder cuando estás escuchando un sermón, ten cuidado no sea que endurezcas tu corazón contra él. Siempre que el sagrado fuego viene como una chispa no apagues al Espíritu Santo, sino ora pidiendo que la chispa se pueda convertir en una flama. Y tú, pueblo cristiano, clama a Él pidiendo que no lean sus Biblias sin Su luz. ¡No oren sin que sean ayudados por el Espíritu; sobre todo, que nunca prediquen sin el Espíritu Santo! Parece una lástima cuando un hombre pide ser guiado por el Espíritu en su predicación, y luego saca un manuscrito y lo lee. El Espíritu Santo puede bendecir lo que lee; pero no puede guiarle muy bien cuando se ha atado a lo que ha escrito. Y será lo mismo con el expositor si sólo repite lo que ha aprendido, y no deja ningún espacio para el Espíritu para que le dé un nuevo pensamiento, una fresca revelación de Cristo; ¿cómo puede esperar la bendición divina bajo tales circunstancias?  ¡Oh, sería mejor que nos sentáramos tranquilos hasta que algunos fuéramos movidos por el Espíritu a levantarnos y hablar, en vez de que prescribamos los métodos por los cuales Él debería hablarnos, e incluso escribamos las propias palabras que tenemos la intención de expresar! ¿Qué espacio hay entonces para las operaciones del Espíritu?

“Ven, Espíritu Santo, Paloma celestial”,

No puedo evitar prorrumpir en esta oración: “Bendito Espíritu, permanece con nosotros, toma de las cosas de Cristo y muéstranoslas, para que así Cristo sea glorificado”.

III.   Sólo voy a hablar un minuto o dos sobre el último punto. Es un tema muy profundo, demasiado profundo para mí. Soy incapaz de llevarlos a las profundidades de mi texto y no pretenderé hacerlo; yo creo que hay significados aquí que probablemente no entenderemos nunca hasta que lleguemos al cielo. “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después”. Pero este es el punto, LA GLORIA DE CRISTO ES LA GLORIA DE SU PADRE: “Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”.

Primero, Cristo tiene todo lo que el Padre tiene. Piensa en eso, por favor. Ningún simple hombre se atreve a decir: “Todo lo que tiene el Padre es mío”. Toda la Deidad está en Cristo; no únicamente todos sus atributos, sino su esencia. El Credo de Nicea lo expresa bien, y no es demasiado fuerte en la expresión: “Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”, pues Cristo tiene todo lo que tiene el Padre. Cuando venimos a Cristo, venimos al omnipotente, al omnipresente, al omnisciente; venimos a la todopoderosa inmutabilidad; venimos de hecho, a la eterna Deidad. El Padre tiene todas las cosas, y todo poder es dado a Cristo en el cielo y en la tierra, de manera que tiene todo lo que tiene el Padre.

Y, adicionalmente, el Padre es glorificado en la gloria de Cristo. No caigamos nunca en el falso concepto de que si magnificamos a Cristo, estamos depreciando al Padre. Si algunos labios han hablado alguna vez concerniente al Cristo de Dios como para depreciar al Dios de Cristo, que esos labios se cubran de vergüenza. Nosotros nunca predicamos a Cristo como misericordioso, y al Padre como sólo justo, o Cristo como convenciendo al Padre para que sea clemente. Esta es una calumnia que ha sido arrojada sobre nosotros, pero no hay ni un solo átomo de verdad en ello. Hemos sabido y creído lo que Cristo mismo dijo: “Yo y el Padre uno somos”. Entre más glorioso es Cristo, más glorioso es el Padre; y cuando los hombres que profesan ser cristianos comienzan a hacer a un lado a Cristo, hacen a un lado a Dios el Padre en gran medida. La irreverencia para con el Hijo de Dios pronto se convierte en irreverencia para con el propio Dios. Pero, queridos amigos, nos deleita honrar a Cristo y continuaremos haciéndolo. Aun cuando estemos en el cielo de los cielos, delante del ardiente trono del infinito Jehová, cantaremos alabanzas a Él y al Cordero, poniendo a los dos por siempre en esa divina conjunción en la que siempre han de ser encontrados.

Así, ustedes ven que Cristo tiene todo lo que el Padre tiene, y cuando es glorificado, el Padre es también glorificado.

A continuación, el Espíritu Santo tiene que conducirnos a ver esto, y estoy seguro de que lo hará. Si nos entregamos a Su enseñanza, no caeremos en ningún error. Será un gran misterio, pero sabremos lo suficiente de tal manera que nunca nos turbará. Si te sientas y procuras estudiar el misterio del Eterno, bueno, yo creo que entre más mires, más te asemejarás a personas que miran al mar desde una gran altura, hasta que se marean, y están a punto de caer y ahogarse. Crean lo que el Espíritu les enseña, y adoren a su Divino Maestro; entonces Su instrucción se tornará fácil para ustedes. Yo creo que conforme nos volvemos viejos, llegamos a adorar a Dios como Abraham lo hacía, como Jehová, el grandioso YO SOY. Jesús no se desvanece en el fondo pero la gloriosa Deidad pareciera volverse más y más aparente para nosotros. La palabra de nuestro Señor a Sus discípulos: “Creéis en Dios, creed también en mí”, conforme envejecemos, pareciera convertirse en esto: “Creéis en mí, creed también en Dios”. Y cuando llegamos a una plena confianza en el glorioso Señor, el Dios de la naturaleza, y de la providencia, y de la redención, y del cielo, el Espíritu Santo nos da a conocer más de las glorias de Cristo.

He hablado con ustedes tan bien como podía sobre este sublime tema, y si no supiera que el Espíritu Santo glorifica a Cristo, regresaría a casa en un estado miserable, pues no he sido capaz de glorificar a mi Señor como querría; pero yo sé que el Espíritu Santo puede tomar lo que acabo de decir del fondo de mi corazón, y puede ponerlo en sus corazones, y puede agregar a ello todo lo que yo he omitido. Vayan ustedes que aman al Señor, y glorifíquenlo. Traten de hacerlo con sus labios y con sus vidas. Vayan ustedes, y predíquenlo, prediquen más de Él, y predíquenlo más alto todavía, y más alto, y más alto. La anciana dama de la que me he enterado, cometió un error en lo que dijo, con todo había una verdad detrás de su pifia. Ella había asistido a una pequeña capilla bautista, donde predicaba un alto calvinista, y al salir dijo que le gustaban más los predicadores del “Elevado Calvario”. A mí también. Denme un predicador del “Elevado Calvario”, uno que hará del Calvario el más alto de los montes. Yo supongo que no era una colina del todo, sino solo un montículo; con todo, alcémoslo más alto y más alto, y digan a todos los demás montes: “¿Por qué observáis, oh montes altos, al monte que deseó Dios para su morada? Ciertamente Jehová habitará en él para siempre”. El Cristo crucificado es más sabio que toda la sabiduría del mundo. La cruz de Cristo contiene más novedad que todas las cosas frescas de la tierra. ¡Oh creyentes y predicadores del Evangelio, glorifiquen a Cristo! ¡Que el Espíritu Santo les ayude a hacerlo!

Y ustedes, pobres pecadores, que piensan que no pueden glorificar a Cristo del todo, y confiar en Él,

“Vengan desnudos, vengan inmundos, tal como están”,

y crean que Él los recibirá; pues eso le glorificará. ¡Cree, incluso ahora, oh pecador que estás a las puertas de la muerte, que Cristo puede hacerte vivir pues tu fe le glorificará! Mira hacia fuera desde las terribles profundidades del infierno al cual te ha arrojado la conciencia, y cree que Él puede arrancarte de ese terrible pozo y fuera de la ciénaga de lodo, y poner tu pie sobre una roca; ¡pues tu confianza le glorificará! Está en poder del pecador darle a Cristo la mayor gloria, si el Espíritu Santo le capacita a creer en el Señor Jesucristo. Tú puedes venir, tú, que estás más leproso, más enfermo, más corrupto que cualquier otro; y si lo miras a Él, y Él te salva, ¡oh, entonces tú le alabarás! Tú compartirás la mente de aquel de quien he hablado muchas veces, que me dijo: “Amigo, tú dices que Cristo puede salvarme. Bien, si lo hace, nunca dejará de oír al respecto”. No, y Él nunca dejará de oír al respecto. Bendito Jesús:

“Y yo te voy a amar en vida, y te voy a amar en muerte, Y te alabaré en tanto que me prestes aliento; Y cuando el rocío de la muerte yazca frío sobre mi frente, Si alguna vez te amé, Jesús mío, es ahora. En mansiones de gloria y deleite sin fin, Siempre te adoraré en el cielo tan brillante; Cantaré con la reluciente corona sobre mi frente, Si alguna vez te amé, Jesús mío, es ahora”.

No haremos ninguna otra cosa que alabar a Cristo, y glorificarle, si nos salva del pecado. ¡Que Dios nos conceda que así sea para cada uno de nosotros, por causa del Señor Jesucristo! Amén.

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