El Ruego del Espíritu Santo – Charles Spurgeon

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SERMÓN PREDICADO LA MAÑANA DEL DOMINGO 1 DE MARZO DE 1874 POR CHARLES HADDON SPURGEON EN EL TABERNÁCULO METROPOLITANO, NEWINGTON, LONDRES.

“Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Hebreos 3: 7.

Las circunstancias peculiares en las que ahora nos encontramos como congregación, exigen de mí que mis discursos sean dirigidos principalmente a los inconversos, con el objeto de que quienes han despertado se decidan, que quienes siguen siendo impasibles sean despertados y para que en torno nuestro se propague un deseo de buscar al Señor. Podemos dejar en este momento a las noventa y nueve ovejas en el desierto durante un breve tiempo para ir tras la que se perdió. Usualmente es nuestro deber alimentar a los hijos, pero podemos dejar eso a otras agencias durante un tiempo, para que podamos distribuir el alimento a los que perecen de hambre. Estas épocas de avivamiento no duran para siempre; vienen y se van; y, por tanto, tienen que ser aprovechadas al máximo mientras están con nosotros. El labrador nos dice que debe preparar el heno mientras el sol brilla, y nosotros también debemos ocuparnos en la labor indicada en cada temporada, y me parece a mí que ese deber apunta ahora en la dirección de los indecisos. Mientras Dios hable con tanto poder, nosotros debemos rogar a los hombres que oigan Su voz. Claramente es sabio que digamos: “Amén” a lo que Dios dice, pues cuando nuestra palabra concuerda con la del Señor tenemos la seguridad de que será fructífera, ya que Su palabra no puede volver a Él vacía. Por tanto el tema de mi sermón de esta mañana será el de nuestro autor de himnos:

“Oigan a Dios mientras habla; por eso óiganlo hoy;

Y oren mientras Él oiga, oren incesantemente.

Crean en Su promesa, confíen en Su palabra,

Y cuando Él manda, obedezcan a Su gran Señor”.

Escogí este texto con la viva esperanza de que Dios lo bendiga, y espero que el pueblo del Señor bautice el texto en torrentes de ansiosas lágrimas por los inconversos.

I.   El primer punto que tenemos para nuestra seria consideración es: LA VOZ ESPECIAL DEL ESPÍRITU SANTO“Como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz”. El apóstol cita continuamente el Antiguo Testamento, pero no es frecuente que cite de esta manera particular. En el propio capítulo que sigue, refiriéndose al mismo pasaje, usa la expresión: “Diciendo… por medio de David”, y menciona al autor humano del Salmo; pero en este caso, para dar un énfasis especial a la verdad, cita únicamente al autor divino: “Como dice el Espíritu Santo”. Es cierto que esas palabras son aplicables a todo pasaje de la Escritura, pues podemos decir respecto a todos los libros inspirados: “Como dice el Espíritu Santo”; pero aquí se usa adrede para que el pasaje tenga un mayor peso para nosotros. De hecho, el Espíritu Santo no sólo habla así en el salmo noventa y cinco, sino que constituye una invariable expresión Suya. El Espíritu Santo dice, o sigue diciendo todavía: “Oigan hoy su voz”. Él ha revelado una cierta doctrina en una ocasión y una verdad todavía más profunda en otra oportunidad, según se necesitasen o según Su pueblo estuviese preparado para ellas; pero esta aseveración particular es para todo tiempo y para cada día de gracia. El Espíritu Santo, por medio de Pablo, como antaño por medio de David, dice: “Hoy”. Sí, ésa es la carga que aún coloca sobre Sus siervos ministrantes. En todo lugar ellos ruegan y persuaden a los hombres diciendo: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.

¿Cómo habla de esa manera el Espíritu Santo? Primero lo dice en las Escrituras. Cada mandamiento de la Escritura exige una obediencia inmediata. No nos es dada la ley de Dios para ser puesta en un entrepaño y para que la obedezcamos en algún período futuro de la vida; el Evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo tampoco tiene por fin que le prestemos atención en la hora undécima y que lo desatendamos durante las primeras diez horas. Siempre que el Espíritu Santo exhorta, habla en el tiempo presente, y manda que nos arrepintamos ahora, o que creamos ahora, o que busquemos al Señor ahora. Yo les ruego que cada vez que lean la Biblia, recuerden siempre que es el Espíritu del Dios viviente quien allí los exhorta a rendir una obediencia inmediata. Los llamamientos de la palabra inspirada no son los de Moisés, o de David, o de Pablo, o de Pedro, sino las solemnes afirmaciones del Espíritu Santo que habla a través de ellos. ¡Cuánta dignidad confiere esta verdad a la Santa Escritura, y con qué solemnidad reviste a nuestra lectura de ella! Contristamos al Espíritu de Dios poniendo reparos capciosos a la Escritura, tratándola con ligereza, rebatiendo sus doctrinas o descuidando sus amonestaciones; y esto es adentrarse en un terreno muy peligroso, pues aunque Él es paciente y compasivo, recuerden que del pecado en contra del Espíritu Santo se afirma: “No será perdonado nunca”. No todo pecado en contra del Espíritu Santo es imperdonable; demos gracias a Dios por ello; pero hay un pecado en contra del Espíritu Santo que no será perdonado nunca; por tanto, cuando lo vejamos estamos pisando un terreno muy delicado, y eso hacemos si al momento de leer Su palabra consideramos que Sus enseñanzas son asuntos triviales. Cuídense, les digo, varones de Inglaterra, ustedes que cuentan con Biblias en sus hogares y entre quienes la palabra del Señor abunda como el pan de trigo, cuídense del trato que le dan, pues, al rechazarla, no sólo rechazan la voz de los apóstoles y de los profetas, sino la propia voz del Espíritu Santo. El Santo Espíritu dice: “Hoy”. Él manda a Su pueblo que se apresure y que no se demore en guardar los mandamientos de Dios, y manda a los pecadores que busquen al Señor mientras pueda ser hallado, y que lo invoquen mientras esté cerca. Oh, que oigan Su voz de advertencia para que vivan.

Además, si bien el Espíritu Santo habla en la Escritura en ese sentido, habla de igual manera en los corazones de Su pueblo,pues Él es un agente vivo y activo. Su obra no ha terminado. Él aún habla y escribe; la pluma está todavía en Su mano, no para escribir con tinta sobre papel, sino en las tablas de carne de unos corazones preparados. El Espíritu de Dios ha estado ahora en esta iglesia comunicándose con Su pueblo, y el tenor de la comunicación ha sido éste: “Busquen ganar almas”, y yo les garantizo esta aseveración: que en ningún caso el Espíritu ha dicho: “Busquen la conversión de los pecadores a finales del año; preocúpense por la salvación de sus almas cuando hayan madurado en años y en juicio”; antes bien, cada hombre y cada mujer que han sido salvados por la gracia y que han sentido el Espíritu Santo en su interior, han experimentado el impulso de buscar de inmediato la conversión de los pecadores. Han anhelado que los transgresores no permanezcan por más tiempo en el pecado, que sean despertados ahora, que se aferren de inmediato a la vida eterna y que encuentren una paz instantánea en Cristo. Que digan mis hermanos si no es cierto. ¿No han sentido que “es ya hora de levantarnos del sueño”? ¿No han sentido la fuerza de la advertencia: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”? En otros tiempos nos hemos contentado sintiendo que una buena obra se estaba llevando a cabo secretamente, que el terreno estaba siendo preparado para futuras cosechas, que de una manera u otra la palabra de Dios no volvería a Él vacía; pero ahora no nos contentamos tan fácilmente. Sentimos como si tuviéramos que ver que el Señor está obrando en cada uno de los servicios, y abogamos por inmediatas conversiones. Estamos tan ávidos de atesorar almas como los avaros están ávidos de atesorar dinero. No digo que todos ustedes sientan esto, pero digo que todos aquellos que han experimentado de lleno la influencia del Espíritu Santo durante este período de agraciada visitación, se han llenado de agonía por ver la inmediata salvación de las almas. Cual mujer que está de parto, han anhelado con avidez oír el llanto de las almas recién nacidas. Su oración ha sido: “Buen Señor, responde hoy a nuestras súplicas y conduce hoy a nuestros semejantes a oír Tu voz para que sean salvados”. Pido al pueblo de Dios que diga si no es cierto que cuando el Espíritu Santo los induce a ganar almas, les dice: “Hoy, hoy busquen la salvación de los hombres”.

Lo mismo sucede cuando el Espíritu Santo habla a quienes han sido despertadosAunque todavía no son contados con el pueblo de Dios, ya tienen preocupación por sus almas y voy a arengarlos a ellos también. Ustedes ya están conscientes de que han ofendido a su Dios; se han alarmado al verse en una condición de alejamiento de Él; necesitan ser reconciliados y anhelan ardientemente tener la seguridad de haber sido realmente perdonados. ¿Desean esperar que pasen seis o siete años para tener esa seguridad? ¿Consideran esta mañana que podrían sentirse perfectamente satisfechos si salieran de esta casa en el mismo estado en que se encuentran ahora? ¿Les gustaría permanecer en ese estado mes tras mes? Si tal demora te dejara satisfecho querría decir que el Espíritu de Dios no ha hablado eficazmente contigo. Sólo has sido influenciado parcialmente -tal como el desdichado Félix- y habiendo dicho: “Cuando tenga oportunidad te llamaré”, no sabremos nada más de ti. Si el Espíritu de Dios estuviera sobre ti, estarías clamando: “Ayúdame, Señor, ayúdame ahora; sálvame ahora o pereceré. Apresúrate a socorrerme, Dios mío, no te tardes. Apresúrate, en las alas del amor, a rescatarme del pozo de la destrucción que abre sus fauces debajo de mis pies”.

“Ven, Señor, alienta a tu siervo desfalleciente,

Que no se demoren las ruedas de Tu carro;

Muéstrate, en mi pobre corazón muéstrate,

¡Mi Dios, mi Salvador, ven de inmediato!”

Un pecador verdaderamente despierto suplica en todo momento en el tiempo presente, y clama poderosamente pidiendo una salvación inmediata, y es un hecho que siempre que el Espíritu Santo lucha con los hombres, clama urgentemente: “¡Hoy!” ¡Hoy!”

Además, el Espíritu Santo habla así tanto por Sus actos como por Sus palabras. Tenemos un proverbio muy conocido que reza: ‘hechos son amores y no buenas razones’. Ahora bien, los actos del Espíritu Santo para conducir a muchas personas al Salvador en este lugar son muchas invitaciones prácticas, estímulos y mandamientos para otros. La puerta de la misericordia permanece abierta cada día del año, y el simple hecho de que esté abierta es una invitación y un mandamiento a entrar; pero cuando veo a mis semejantes entrar a correntadas, cuando veo, tal como lo hemos visto, que cientos de individuos encuentran a Cristo, ¿acaso al traspasar todos ellos el portal de la gracia, no llaman a otros para que vengan también? ¿Acaso no les dicen: “Esta vía puede ser transitada por gente como ustedes, pues nosotros la estamos hollando; esta vía conduce con seguridad a la paz, pues nosotros ya hemos encontrado el reposo allí”? Ciertamente así es. Esta forma de hablar del Espíritu Santo ha llegado muy cerca de casa para algunos de ustedes, pues han visto que sus hijos entran en el reino, y con todo, ustedes mismos no son salvos. Algunos de ustedes han visto que sus hermanas son salvas, pero ustedes siguen siendo todavía inconversos. Por allá está un esposo cuya esposa le ha contado con radiantes ojos acerca del reposo que encontró en el Salvador, pero él mismo rehúsa buscar al Señor. Hay padres aquí que han encontrado a Jesús, pero sus hijos son una pesada carga para ellos pues sus corazones no han sido renovados. ¿Vi yo que mi hermano traspasó la puerta de la salvación? ¿No he de tomar eso como una indicación del Espíritu Santo de que está en espera de ser también clemente conmigo? Cuando veo que otros son salvados por la fe, ¿no podría estar seguro de que la fe me salvará a mí también? Puesto que percibo que hay gracia en Cristo para perdonar los pecados de otros que son exactamente como yo, ¿no podría esperar que haya misericordia para mí también? Me aventuraré a esperar y me atreveré a creer. ¿No debería ser esa la resolución de cada quien, y no es ese el punto al que el Espíritu Santo quisiera conducirlos? Cuando lleva a un pecador a Él, ¿acaso no tiene el propósito de atraer a otros?

“El Espíritu Santo dice: hoy”. Pero, ¿por qué tanta urgencia, bendito Espíritu, por qué tanta urgencia? Es porque el Espíritu Santo está en sintonía con Dios; está en sintonía con el Padre que anhela estrechar al hijo pródigo en Su pecho; está en sintonía con el Hijo que está pendiente de ver el fruto de la aflicción de Su alma. El Espíritu Santo tiene urgencia porque está contristado por el pecado y no quisiera que continuase ni siquiera por una hora, y cada instante que el pecador rehúsa venir a Cristo es un instante gastado en el pecado; sí, esa renuencia a venir es en sí misma la ofensa más cruel y desvergonzada. La dureza del corazón del hombre para con el Evangelio es la más deplorable de todas las provocaciones; por eso el Espíritu Santo anhela ver que el hombre se desprenda de ella, para que se someta al poder omnipotente del amor. El Espíritu Santo desea ver que los hombres están atentos a la voz de Dios porque se deleita en lo que es recto y bueno. Es para Él un placer personal. A Él le alegra contemplar que Su propia obra en el pecador continúa hasta que la salvación es asegurada. Además, Él espera para ejercer Su oficio favorito de Consolador, y Él no puede consolar a un alma impía ni puede confortar a aquellos que endurecen sus corazones. El consuelo para los incrédulos sería su destrucción. Como le deleita ser  el Consolador, y como ha sido enviado por el Padre para actuar especialmente en esa capacidad -la de consolar al pueblo de Dios-  vigila con ojos anhelantes a los corazones quebrantados y a los espíritus contritos, para aplicarles el bálsamo de Galaad y sanar sus heridas. Por tanto, “dice el Espíritu Santo: hoy”. Les dejo este hecho. La voz especial del texto no es la de un hombre, sino la del propio Espíritu Santo. El que tenga oídos para oír, oiga.

“Entonces, mientras se diga hoy,

Oh, oigan el mensaje del Evangelio;

Ven, pecador, apresúrate, oh, date prisa,

Mientras esté disponible el perdón”.

II.   El texto inculca UN DEBER ESPECIAL. El deber que tenemos de oír la voz de Dios. Si así lo leyeran, el texto nos ordena oír la voz del Padre que dice: “Convertíos, hijos rebeldes. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta… si vuestros pecados fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. O pudiera ser la voz de Jesucristo, pues el apóstol está hablando de Él aquí. Es Jesús quien llama: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. De hecho, la voz que ha de ser escuchada es la de la Sagrada Trinidad, pues junto con el Padre y el Hijo, el Espíritu dice también: “Ven”. Se nos ordena que oigamos, y ese, ciertamente, no es un deber difícil. El gran precepto evangélico es: “Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma”, pues “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. Entonces, oigan la voz del Señor. “Bien” –dirá alguno- “nosotros la oímos; nosotros leemos la Biblia, y estamos muy dispuestos a oír todo lo que se predica el día domingo”. Ah, mis queridos oyentes, sepan que hay diferentes maneras de oír. Muchos tienen oídos para oír, pero en realidad no oyen. Lo que se nos exige es oír con reverencia. El Evangelio es la palabra de Dios, no la del hombre; es la voz de su Hacedor, de su Señor; es la voz de la Verdad infalible, del Amor infinito, de la autoridad soberana, y, por tanto, no se le debe prestar ninguna atención común. Escúchenla con devoción, y convoquen a todos sus poderes a una atención adoradora. Los ángeles velan sus rostros en la presencia de Jehová, ¿y acaso el hombre actuará con frivolidad en Su presencia? Cuando Dios habla no piensen que se trata simplemente de la voz de un rey a cuyo mensaje sería una traición prestar oídos sordos; piensen que es  la voz de su Dios, y que es una blasfemia no estar atentos a ella. Óiganlo atentamente, con ansiedad por saber el significado de lo que dice, abrevando de Su doctrina, recibiendo con mansedumbre la palabra implantada que puede salvar sus almas, inclinando su entendimiento a ella, anhelando comprenderla, deseando ser influidos por ella. “Oigan su voz”, esto es, óiganla obedientemente, ávidos de hacer lo que se les pida, conforme Él los capacite. No oigan para olvidar, como alguien que mira en un espejo y ve su rostro, y luego olvida cómo era. Retengan la verdad en su memoria, pero mejor aún, practíquenla en sus vidas. Oír en este caso equivale, de hecho, a someterse a la voluntad de Dios, a ser como la arcilla moldeable y que Su palabra sea como la mano que los moldea, o que su corazón sea como el metal derretido, y que la palabra sea como el molde en el cual son vertidos.

Oigan al Señor cuando los instruye. Estén dispuestos a conocer la verdad. Con cuánta frecuencia son tapados los oídos de los hombres con la cera del prejuicio, de tal manera que con los oídos oyen pesadamente. Han tomado una decisión en cuanto a lo que el Evangelio debe ser, y no quieren oír lo que es. Se consideran los jueces de la palabra de Dios, en vez de que la palabra de Dios sea su juez. Algunos seres no quieren saber demasiado, pues pudieran sentirse incómodos en sus pecados si lo hicieran y, por tanto, no están ansiosos de que se les instruya. Cuando los hombres le tienen miedo a la verdad hay una sólida razón para temer que la verdad está en su contra. Una de las peores evidencias de una condición caída es cuando un hijo de Adán se esconde de la voz de su Creador. Pero, oh queridos oyentes, oigan hoy Su voz. Aprendan de Jesús, siéntense cual escolares a Sus pies, pues “si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Óiganlo tal como los escolares oyen a su maestro, pues todos los hijos de Sion son enseñados por el Señor. Pero el Señor hace algo más que instruirlos: Él manda; porque independientemente de lo que los hombres digan, el Evangelio que debe ser predicado a los impíos no consiste meramente en advertencias y enseñanzas, ya que contiene sus mandamientos solemnes y positivos. Oigan esto. “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”. En cuanto a la fe, la palabra del Señor no viene como una mera recomendación de sus virtudes, o como una promesa para aquellos que la practican, sino que habla en este sentido: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. El Señor pone la solemne sanción de una amenaza de condenación en el mandamiento para mostrar que no se puede jugar con eso. “Toda potestad” –dice Cristo- “me es dada en el cielo y en la tierra”, y por tanto, revestido con esa autoridad y con ese poder, Él envía a Sus discípulos, diciéndoles: “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. La palabra sale con la autoridad divina, diciendo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Tan mandamiento de Dios es éste como el que dice: “Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón”, y tiene un contenido mayor de solemne obligación, pues mientras que la ley fue dada por Moisés, el mandamiento evangélico fue dado por el Hijo de Dios mismo. “El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios?” Oigan ustedes, entonces, los mandamientos de Jesús, pues estén seguros de esto, que Su Evangelio viene a ustedes con la autoridad imperial del Señor de todo.

Pero el Señor hace algo más que mandar. Él invita con clemencia; con ternura les pide a los pecadores que asistan a Su banquete de misericordia, pues todas las cosas están dispuestas. Como si suplicara a los hombres y persuadiera de buen grado donde podría exigir, Él exclama: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche”. Muchas de las invitaciones del Señor son notables por su extremo patetismo, como si Él mismo fuera más bien quien sufriera y no el pecador, si permaneciera en su obstinación. Él clama: “Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” Como un padre que suplica a su amado pero desobediente hijo que está arruinándose a sí mismo, Dios mismo suplica, como si las lágrimas anegaran Sus ojos; sí, el Dios Encarnado lloró en verdad por los pecadores y exclamó: “¡Jerusalén, Jerusalén… Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” ¿No oirás, entonces, cuando Dios instruye? ¿Acaso dará Él la luz y tus ojos estarán cerrados? ¿No obedecerás cuando manda? ¿Pretenden rebelarse contra Él? ¿Darán la espalda cuando Dios los invita? ¿Habrá de ser tratado Su amor con ligereza y será tratada Su abundancia con escarnio? Que Dios nos conceda que no sea así. El buen Espíritu no pide más de lo que es justo y recto cuando clama: “Oigan la voz del Señor”.

Pero el Señor hace algo más que invitar: añade Sus promesas. Él dice: “Oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes de David”. Él nos ha dicho que: “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Hay gloriosas promesas en Su palabra que son sumamente grandes y preciosas. Oh, yo les suplico que no se consideren indignos de ellas, pues si lo hicieran, ‘vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza’.

Así como ruega, el Señor también amenaza. Él advierte: “Si no se arrepiente, él afilará su espada; armado tiene ya su arco, y lo ha preparado”. Él declara que los menospreciadores se asombrarán y desaparecerán. Él hace que nos preguntemos: “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” Él dice: “Los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios”. Aunque no quiere la muerte del que muere, antes bien quiere que se convierta a Él y viva, con todo, de ningún modo tendrá por inocente al malvado, sino que toda transgresión y toda iniquidad tendrán su justa recompensa como remuneración. Si Cristo es rechazado, la eterna ira es segura. Por esa puerta entran ustedes al cielo, pero si pasaran de lejos, incluso Aquel que en este momento está dispuesto a cortejarlos con Sus manos horadadas, en el último gran día vendrá con vara de hierro para quebrantarlos. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Les dejo esos pensamientos. Que Dios nos conceda que dejen huellas donde Su voluntad decida que lo hagan.

III.   Nuestro texto ENFATIZA UN TIEMPO ESPECIAL. “Dice el Espíritu Santo: Hoy”. Hoy es el tiempo establecido para oír la voz de Dios. Hoy, esto es, mientras Dios habla. Oh, si fuéramos como deberíamos ser, en el instante en que Dios dijera: “Buscad mi rostro”, nosotros responderíamos: “Tu rostro buscaré, oh Jehová”. Tan pronto como se oyeran las invitaciones de la misericordia habría un eco en nuestras almas en respuesta a ellas, y diríamos: “He aquí nosotros venimos a ti para ser salvados”. Observen cómo fue oída la voz de Dios en el acto en la creación. El Señor dijo: “Sea la luz; y fue la luz”. Él dijo: “Produzcan las aguas seres vivientes”, y de inmediato así sucedió. No hubo ninguna demora. El ‘hágase’ de Dios fue ejecutado instantáneamente. Oh, ustedes, a quienes Dios hizo hombres y los dotó de razón, ¿acaso la insensible tierra será más obediente que ustedes? ¿Abundarán con peces las olas del mar y la tierra se cubrirá de hierba tan pronto como Jehová habla, y acaso ustedes continuarán durmiendo cuando la voz celestial clama: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo”? Oye a Dios hoy, pues Él habla hoy.

El apóstol dice en el siguiente capítulo: “Hoy… después de tanto tiempo”, y voy a detenerme en estas palabras: “después de tanto tiempo”. Veo que algunos de ustedes ostentan calvas o exhiben abundantes canas. Si son inconversos, bien dice el Espíritu Santo: “Hoy, después de tanto tiempo, oigan su voz”. ¿No es ya suficiente tiempo haber provocado a su Dios estos sesenta años? Varón, ¿no son suficientes setenta años de pecado? Tal vez casi has cumplido tus ochenta años y todavía te resistes a las insinuaciones de la misericordia divina. ¿Acaso una vejez desprovista de gracia no es una permanente provocación al Señor? ¿Cuánto tiempo pretendes provocarlo? ¿Cuánto tiempo pasará antes que creas en Él? Has tenido tiempo suficiente para haber descubierto que el pecado es una locura y que los placeres que produce son vanidad. Seguramente has tenido tiempo suficiente para ver que si ha de haber paz no ha de encontrarse en los caminos del pecado. ¿Cuánto tiempo pretendes quedarte en terreno prohibido y peligroso? ¡Puede ser que no dispongas de otro día, oh anciano, para considerar tus caminos! Oh, anciana, pudiera ser que no se te conceda otro día para que provoques a tu Dios. “Después de tanto tiempo”, con sagrada urgencia quisiera exhortarte: “Si oyereis hoy su voz”. Yo espero no ser el único que te suplica, sino que confío que el Espíritu Santo también te diga en tu conciencia: “Hoy, está atento a la voz de Dios”.

“Hoy”, esto es, especialmente mientras el Espíritu Santo está conduciendo a otros a oír y a encontrar misericordia; hoy, mientras están cayendo las lluvias, hoy, recibe las gotas de gracia; hoy, mientras se ofrecen oraciones por ti; hoy, mientras los corazones de los piadosos se preocupan por ti; hoy, mientras el escabel del trono de los cielos está mojado con las lágrimas de quienes te aman; hoy, no vaya a ser que el letargo se apodere de nuevo de la iglesia; hoy, no vaya a ser que la predicación de la palabra de Dios se convierta en un asunto de rutina, y el propio predicador, descorazonado, pierda todo el celo por tu alma; hoy, mientras todo sea especialmente propicio, oye la voz de Dios. Mientras sopla el viento, iza la vela; mientras Dios se ocupa en misiones de amor, sal a encontrarlo. Hoy, mientras no estás enteramente endurecido, mientras queda una conciencia en tu interior; hoy, mientras estás todavía consciente en alguna medida de tu peligro, mientras haya una última mirada hacia la casa de tu Padre, oye y vive; no sea que, por menospreciar tu presente ternura no regrese nunca, y seas abandonado a la espantosa indiferencia que preludia a la muerte eterna. Hoy, jóvenes, mientras todavía no están manchados con los peores vicios; hoy, ustedes, jóvenes, que acaban de llegar a esta ciudad contaminante, antes que se hundan en sus torrentes de lascivia; hoy, mientras todo les es útil, oigan la amorosa, tierna e insinuadora voz de Jesús, y no endurezcan sus corazones.

El texto me parece muy evangélico cuando dice: “Hoy”, pues ¿qué es sino otra manera de declarar la doctrina de este bendito himno:

“Tal como soy, sin ningún pretexto”?

“Hoy”, es decir, en las circunstancias, pecados y miserias en los que te encuentras ahora, oye el Evangelio y obedécelo. Hoy, puesto que te ha descubierto en ese asiento de la iglesia, oye la voz de misericordia de Dios en ese preciso asiento. Hoy, tú que no te has preocupado nunca antes, mientras Dios habla, preocúpate. “Ah” –dices tú- “si viviera en otra casa”. Eres llamado hoy, aunque estés viviendo con los peores pecadores. “Voy a prestar atención una vez que haya gozado de ese placer pecaminoso que me prometí el próximo miércoles”. Ah, si es pecaminoso, huye de él, pues podría constituir un momento decisivo en tu historia y sellar la ruina de tu alma. “Si oyereis hoy su voz”. “Ah, si hubiera asistido a unas cuantas reuniones adicionales de avivamiento y si me hubiese sentido en un mejor estado, obedecería”. No está escrito así, pecador; así no está escrito. No se me dice que predique el Evangelio a quienes estén listos para recibirlo ni que les diga: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo, siempre y cuando ya estuviera preparado en alguna medida para creer”. No, antes bien, he de entregarle el mismo mensaje a toda criatura que esté aquí. En el nombre de Jesús de Nazaret, que es también Dios Todopoderoso a la diestra del Padre, crean en Él y vivirán, pues Su mensaje para ustedes es para hoy y no admite ninguna demora. “Pero yo tengo que reformarme, tengo que enmendarme, y luego voy a pensar en creer”. Eso es poner el efecto antes de la causa. Si oyeras Su voz, la reforma y la enmienda vendrán a ti, pero no debes comenzar con ellas como primer paso. La voz de Dios no dice eso, sino que dice: “Cree en el Señor Jesucristo”. Oh, oye esa voz.

Tengo que ocupar un momento para mostrarles por qué el Señor dice en misericordia: “Hoy”. ¿Acaso no te has dado cuenta de que otras personas se mueren? ¿Por qué no habrías de morir tú? Durante el desarrollo de estos servicios varias personas han partido. Al regresar a casa me sorprendí cuando me enteré de cuántos a quienes yo les hubiera pronosticado una larga vida han muerto recientemente. ¿Por qué no podrías tú morir pronto? “Yo soy robusto y estoy sano”, responde alguien. Normalmente los que mueren de pronto son los hombres robustos. Pareciera como si la tormenta pasara por encima de los enclenques quienes se doblan ante ella como juncos y así escapan de su furia, mientras que los de salud vigorosa, cual poderosos árboles del bosque, se resisten a la tormenta y son arrancados de raíz por ella.  Con cuánta frecuencia llega de pronto la muerte justo cuando menos la esperábamos. “Si oyereis hoy su voz”. Les voy a hacer la misma pregunta que ese santo varón, el señor Payson, les hace a quienes han despertado. Él les pregunta: “¿te gustaría hacer el siguiente convenio: ‘tú encontrarás a Cristo al final del año pero la prolongación de tu vida hasta entonces dependerá de la vida de una tercera persona’? Selecciona al hombre más vigoroso que conozcas, y supón que todo lo relacionado con tu bienestar eterno habrá de depender de que esa persona viva para ver el siguiente año. ¡Con qué ansiedad te enterarías de su enfermedad y cuán preocupado estarías de su salud! Bien, pecador, tú pones en riesgo tu salvación apostando a tu propia vida, ¿acaso eso es algo más seguro? Si estás aplazando y posponiendo tu arrepentimiento, ¿por qué habrías de estar más seguro acerca de tu propia vida de lo que estarías si todo dependiera de la vida de otro? No sean tan necios como para jugar con sus vidas hasta llegar a la tumba, y como para jugar con sus almas hasta llegar al infierno. No apostarían su fortuna a los dados, como lo hace el jugador enloquecido, y, sin embargo, están apostando la eternidad de su alma sobre algo que es muy incierto, pues no saben si al quedarse dormidos esta noche se despertarán mañana en su cama o en el infierno. Ustedes no saben si la siguiente respiración que dan por hecho vendrá jamás, y si no viniese serían echados para siempre de la presencia de Dios. Oh, señores, si quieren jugar juegos de azar, apuesten su oro o apuesten sus reputaciones, pero no pongan en peligro sus almas. Las apuestas son demasiado arriesgadas para cualquiera excepto para quienes han enloquecido por el pecado. No arriesguen sus almas, se los imploro, corriendo el albur de que vivirán otro día, antes bien, escuchen hoy la voz de Dios.

IV.   Tengo poco tiempo para mi último punto, pero aun así he de tener espacio para él aun si llegara a retenerlos más allá del tiempo acostumbrado de salida. El último punto es este: el PELIGRO ESPECIAL que el texto nos indica: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Ese es el peligro especial. ¿Y cómo se incurre en él? Cuando las personas sienten una preocupación por su alma, su corazón es en cierta medida ablandado, pero ellos pueden endurecerlo fácilmente, primero, reincidiendo voluntariamente en su anterior indiferencia, sacudiéndose el miedo, y diciendo en obstinada rebelión: “No, no voy a aceptar nada de eso”. Prediqué una vez en cierta ciudad, y fui huésped de un caballero que me trató con gran amabilidad, pero en la tercera ocasión en que prediqué, advertí que súbitamente abandonó el salón. Uno de mis amigos lo siguió fuera del lugar y le preguntó: “¿Por qué te saliste del servicio?” “Porque” –respondió él- “yo creo que si me hubiese quedado un momento más habría sido convertido, pues sentí que una gran influencia se estaba apoderando de mí; pero eso no me convendría; tú sabes lo que soy, y eso no me convendría”. Muchas personas son así. Son moldeadas por un tiempo por la sincera palabra que escuchan, pero todo es en vano; el perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno. Esto es endurecer tu corazón y provocar al Señor.

Una manera común de provocar a Dios y de endurecer el corazón es la indicada por el contexto. “No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto”, cabe decir, por la incredulidad, diciendo: “Dios no puede salvarme, no es capaz de perdonarme; la sangre de Cristo no puede limpiarme; soy un pecador demasiado negro para que la misericordia de Dios trate conmigo”. Eso es una copia de lo que dijeron los israelitas: “Dios no puede introducirnos en Canaán; Él no puede vencer a los hijos de Anac”. Aunque pudieran considerar a la incredulidad como un pecado leve, es el pecado de pecados. Que el Espíritu Santo los convenza de ello, pues “cuando el Espíritu de verdad venga, convencerá al mundo de pecado”, y especialmente de pecado, “por cuanto no creen en Jesús”. “El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído… en el Hijo de Dios”; es como si todos los demás pecados fueran insignificantes en su poder para condenar en comparación con el pecado de la incredulidad. Oh, por tanto, no dudes de mi Señor. Ven, tú que eres el pecador más negro y el más inmundo que está fuera del infierno, pues Jesús puede limpiarte. Ven, tú, pecador de corazón duro como el granito, tú, cuyos afectos están tan congelados como un témpano de hielo, de manera que ni una sola lágrima de penitencia brota de tu ojo, pues el amor de Jesús puede ablandar tu corazón. Cree en Él, cree en Él, pues de lo contrario estás endureciendo tu corazón contra Él.

Algunos endurecen sus corazones pidiendo más señales. Esto equivale también a imitar a los israelitas. “Dios nos ha dado el maná; ¿puede darnos agua? Él nos ha dado agua salida de la roca, ¿puede darnos también carne? ¿Puede disponer una mesa en el desierto?” Después de todo lo que Dios había hecho, querían que realizara más milagros o de otra manera no creerían. Que ninguno de nosotros endurezca su corazón de esa manera. Dios ya ha obrado para los hombres un milagro que trasciende a todos los demás, y es en verdad el compendio de todos los portentos: Él ha dado a Su propio Hijo tomado de Su pecho para que se hiciera hombre y para que muriera por los pecadores. El pecador que no se contenta con ese despliegue de la misericordia de Dios, nunca se quedará satisfecho con ninguna prueba de ella. Cristo en el madero está en lugar de todos los milagros bajo la dispensación del Evangelio; si no le creen a Dios que “de tal manera amó al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, entonces nunca creerán. “Oh, pero yo quiero sentir; yo quiero que la influencia que abunda venga sobre mí de una manera extraña; quiero soñar en la noche, o ver visiones de día”. ¿Lo quieres? Tú estás endureciendo tu corazón; tú estás rechazando lo que Dios da en verdad, y estás pidiéndole que haga el papel de lacayo para ti, y que te dé lo que tu petulante orgullo exige. Aunque tuvieras esas cosas no creerías más. Aquel que tiene a Moisés y a los profetas y los rechaza, no creería aunque alguien viniera a él de los muertos. Cristo en la cruz está delante ti, no lo rechaces, pues si lo rechazas, ninguna otra cosa podría convencerte, y allí has de permanecer endureciendo tu corazón en la incredulidad.

Los que presumen de la misericordia de Dios y dicen: “Bien, podemos convertirnos cuando queramos”, también endurecen sus corazones. Ah, descubrirán que la realidad es algo muy diferente. “Sólo tenemos que creer y ser salvos”. Sí, pero descubrirán que “sólo tenemos que creer” es algo muy diferente de lo que imaginaban. La salvación no es ningún juego de niños, créanme. Me he enterado de alguien que despertó una mañana siendo famoso, pero no encontrarán la salvación de esa manera. “El que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.

Endurecen sus corazones si se sumergen en los placeres mundanos; si permiten que hablen con ustedes compañeros disolutos; si en este día de guardar ustedes se entregan a pláticas ociosas, o prestan atención a un júbilo que no es santo. Muchas tiernas conciencias son endurecidas por la compañía que les rodea. Una joven dama oye un poderoso sermón, y Dios lo está bendiciendo para ella, pero el día de mañana sale para pasar la noche en medio de escenas de liviandad; ¿cómo podría esperar que la palabra de Dios sea bendecida para ella? Eso equivale a apagar deliberadamente al Espíritu, y no me sorprende que Dios jure en Su ira que las personas que hacen eso no entrarán en Su reposo. Oh, no hagan esas cosas, pues corren el riesgo de endurecer sus corazones en contra de Dios.

Ahora tengo que concluir, pero debo presentarles el tema completo. Yo quiero que todo pecador aquí presente conozca su posición esta mañana. Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan. Cristo manda a los hombres que crean en Él hoy. Tienen que hacer una de dos cosas pues no tienen ninguna otra opción: tienen que decir que no tienen la intención de obedecer el mandamiento de Dios, o de lo contrario, tienen que someterse a él. Tienen que decir como Faraón: “¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz?”, o de otra manera, como el hijo pródigo, tienen que resolver: “Me levantaré e iré a mi padre”. No hay ninguna otra opción. No intenten poner excusas por la demora. Dios acaba pronto con las excusas de los pecadores. Los que fueron invitados a la gran cena dijeron: “Vamos a nuestra labranza y a nuestros negocios; estamos a punto de probar nuestras yuntas de bueyes, o nos hemos casado”; pero todo lo que el Señor dijo al respecto fue: “Ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena”. Allí terminó todo. Había una vez un hombre que tenía un talento, y lo enterró en un pañuelo, y dijo: “sabía que eras un hombre severo”, y así sucesivamente. ¿Qué noticia tomó su Señor de esa expresión? Él meramente le dijo: “Por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, y por esa misma razón debiste haber sido más diligente en mi servicio”. El Señor ve a través de sus excusas; por tanto, no lo insulten con ellas. Esta mañana ustedes están frente a mí, pero ustedes dirán una cosa o la otra delante del Dios viviente y delante de Cristo que juzgará a los vivos y a los muertos. Él les pide ahora que se vuelvan de su pecado y que busquen Su rostro y crean en Su amado Hijo; ¿lo harán o no? ¿Sí o no? Y ese “Sí” o “No” pudiera ser definitivo. Esta mañana se te pudiera haber hecho el último llamado. Dios ordena, y si el corazón de ustedes tiene la intención de rebelarse, yo los exhorto que digan, si se atreven: “No obedeceré”; entonces sabrán dónde están, y entenderán su propia posición. Si Dios no es Dios, arguméntalo y resuélvelo con Él. Si tú no crees en Él, si Él no es realmente el Señor que te creó y que puede destruirte, y si tienes la intención de ser Su enemigo, asume la posición, y sé tan honesto así como eres tan soberbio como Faraón, y di: “No le obedeceré”. Pero, oh, yo te ruego que no te rebeles así. Dios está lleno de gracia; ¿serás rebelde? Dios es amor; ¿por esa razón será empedernido tu corazón? Jesús por Su propia herida te invita a venir a Él, y el propio Espíritu Santo está aquí, y está diciendo en el texto: “No endurezcáis hoy vuestros corazones”. Entréguense ahora al amor de Aquel

“Que en torno tuyo ahora

Las cuerdas humanas quiere lanzar,

Las cuerdas del amor de Quien te ha sido dado

Para que te aten firmemente a Su altar”.

Que en Su altar puedas estar a salvo en el día de Su venida. Que Dios los bendiga.

Yo les pido a quienes saben orar, que imploren una bendición sobre esta palabra, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Porciones de la Escritura leídas antes del sermón:

Números 13: 26-33, 14: 1-23; Salmo 95.

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