La Guía del Espíritu: La marca secreta de los hijos de Dios – Charles Spurgeon

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UN SERMÓN PREDICADO POR CHARLES SPURGEON

EN EL TABERNÁCULO METROPOLITANO, NEWINGTON, LONDRES.

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” Romanos 8: 14.

Se espera que los hijos muestren un cierto parecido con sus padres. Es seguro que los hijos de Dios, nacidos del más grandioso de todos los padres y regenerados por la omnipotente energía del Espíritu divino, mostrarán un alto grado de parecido con su Padre celestial. Nosotros no podemos ser como Dios en muchos de sus atributos divinos, pues son únicos e incomunicables: no es posible que ostentemos Su poder o que poseamos Su infinito conocimiento; tampoco podemos ser independientes ni autoexistentes, ni podemos ser poseedores de la soberanía ni somos dignos de adoración. El hombre no puede ser nunca la imagen del Padre, tan expresamente, como lo es Jesús, pues Él es, en un sentido misterioso, el Unigénito Hijo de Dios.

Sin embargo, podemos imitar a Dios en muchos de Sus atributos, principalmente en aquellos que son de un tipo moral y espiritual. En esas cualidades debemos ser “Imitadores de Dios como hijos amados”, pues, de otra manera, nuestro linaje celestial no podría ser distinguible. El punto mencionado en el texto no ha de ser nunca un asunto de cuestionamiento, pues si eso fuese dudoso, nuestra relación filial con Dios no estaría comprobada. Hemos de ser “guiados por el Espíritu de Dios.” Ese Espíritu divino, que está siempre con el Padre y el Hijo, debe estar con nosotros para siempre, para que seamos guiados, instruidos, impelidos, avivados, impulsados e influenciados por Él, pues, de no ser así, no debemos atrevernos a considerarnos hijos de Dios.

Pareciera que el apóstol Pablo no reconoció la idea de una paternidad divina que se extendiera a toda la humanidad, por lo menos, en este texto. Aquí, la paternidad es para algunos, no para todos, y el texto discrimina entre los “que son guiados por el Espíritu de Dios” y el resto de la humanidad que no está bajo tal influencia. En los hombres que están desprovistos del Espíritu Santo, hay otro espíritu, y ese otro espíritu los marca como hijos de otro padre: “ellos son de su padre el diablo, y sus obras hacen”Ha habido dos simientes desde el principio: la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente, y es a la vez falso e inmoral, creer que Dios tiene la misma relación con las dos familias antagónicas. No, hermanos míos, nuestro Padre que está en el cielo, no puede ser reclamado por los incrédulos como padre, pues a ellos Jesús les dice expresamente: “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais.”

El texto nos proporciona una prueba muy sencilla, pero tajante y decisiva, que sería recomendable que nos la aplicáramos a nosotros mismos. Deberíamos emplearla para probarnos a nosotros mismos. Si hubiera dicho: “todos los que son bautizados, éstos son hijos de Dios”, podríamos quedarnos sentados tranquilamente en nuestros lugares, muy satisfechos. Si hubiera dicho: “todos los que comen y beben en la santa celebración de la comunión cristiana, éstos son hijos de Dios”, podríamos recordar que hace muy poco tiempo nos sentamos con los santos alrededor de la mesa de la comunión. Si realizar ciertos actos externos, o musitar ciertas oraciones, o la profesión de principios ortodoxos, o la abstinencia de los más bajos vicios, hubiesen sido la marca real y el sello celestial de los hijos de Dios, habríamos podido tomarlo con calma después de asegurarnos de que estamos bien en cuanto a esas cosas. Si estar unidos a una iglesia entusiasta y ser miembros de una comunidad fiel, hubiera sido divinamente ordenado que constituyera un certificado incuestionable de la condición de hijos del Señor Altísimo, nos habríamos quedado perfectamente satisfechos sin ponernos en el crisol: pero, como estas cosas no han sido dispuestas así, confío que ninguno de nosotros será tan ignorante como para descuidar el examen que el texto sugiere a toda mente prudente.

Vamos, hermanos míos, no den por sentado nada en un tema tan delicado como los intereses eternos de sus almas, y más bien busquen la evidencia y vigilen el asunto como los sabios padres de familia lo harían si toda su riqueza estuviera en juego. Quienes son “guiados por el Espíritu de Dios”, son los hijos de Dios; quienes no son conducidos por el Espíritu de Dios, no son Sus hijos: por tanto, indaguen y vean cuál es el espíritu hay en ustedes, para que puedan saber de quién son hijos.

Para ayudarles en este asunto, propongo que consideremos, primero, adónde guía a los hombres el Espíritu de Dios, para que podamos comprobar si nos ha guiado allí alguna vez.

I.   ¿Adónde conduce el Espíritu de Dios a los hijos de Dios?

Antes que nada, los conduce al arrepentimiento. Uno de los primeros actos del Espíritu Santo, es guiar a los hijos de Dios, con lágrimas en sus ojos, hasta el propiciatorio. Él nos conduce a los abominables antros de imágenes ocultas en el interior de nuestra naturaleza caída, abre las cerraduras de una puerta tras otra, y coloca ante nuestros ojos iluminados los lugares secretos que están contaminados con ídolos e imágenes repugnantes pintadas sobre las paredes. Señala con Su mano de luz a los ídolos, las imágenes que provocan a celos, las cosas inmundas y abominables que se esconden dentro de nuestra naturaleza, y de esta manera nos sobrecoge y nos conduce a la humildad. No habríamos podido creer que tales cosas perversas merodearan en nuestras almas, pero Sus descubrimientos nos desengañan y corrigen nuestra jactanciosa opinión de nosotros mismos.

Luego, con el mismo dedo, señala a nuestra vida pasada y nos muestra las manchas, los errores, los pecados voluntarios, los pecados de ignorancia, las transgresiones graves y las ofensas contra la luz y el conocimiento, que han estropeado nuestra trayectoria desde nuestra juventud hasta ahora: y mientras que, previamente, mirábamos a la página de nuestra vida y la considerábamos hermosa, una vez que el Espíritu nos ha conducido a la luz, vemos cuán negra ha sido nuestra historia, y, llenos de vergüenza y aflicción, damos voces buscando el oído de Dios, para confesar allí nuestro pecado, y reconocer que si nos arrojara al infierno lo tendríamos bien merecido.

Querido amigo, ¿te ha conducido alguna vez el Espíritu Santo al banquillo del arrepentimiento? ¿Hizo que vieras alguna vez cuán ruinmente has tratado a tu Dios, y cuán vergonzosamente has desatendido a tu Salvador? ¿Te hizo gemir alguna vez por tus iniquidades? No hay un camino al cielo excepto a través del arrepentimiento. Aquel que no haya sentido todavía la carga de su pecado, será aplastado bajo su enorme peso cuando, a semejanza de algún risco bamboleante, en la terrible hora del juicio caiga sobre él y lo triture hasta convertirlo en polvo.

Nadie va jamás al aposento del verdadero arrepentimiento en tanto que el Espíritu Santo no le conduzca allí, pero todo hijo de Dios sabe lo que es mirar a Aquel a quien ha traspasado y lamentarse por su pecado. La santa amargura por el pecado es tan indispensable como la fe en la sangre expiadora, y el mismo Espíritu que nos da paz por medio del grandioso sacrificio, obra también en nosotros un sincero dolor por haber ofendido al Señor.

Si desde tu juventud no has sentido ningún dolor especial por tu pecado, entonces pedimos que Dios se agrade en comenzar la obra de gracia en tu corazón, pues ciertamente la salvación no ha sido obrada en ti. Debes sentir arrepentimiento, pues el arrepentimiento es absolutamente necesario para la vida divina. “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.” El hijo pródigo debe clamar: “Padre, he pecado”; el publicano debe darse golpes de pecho y orar: “Dios, sé propicio a mí, pecador.” Querer quitar el arrepentimiento, que es el compañero inseparable de vida de la fe, equivaldría a querer destruir una de las válvulas del corazón y, a pesar de ello, esperar vivir.

Una fe sin llanto no es fe en absoluto. Cuando un hombre vuelve su rostro para mirar a Jesús, necesariamente está dando la espalda a sus pecados. Buscar encontrar gracia en el corazón impenitente es igual de inútil que buscar la primavera en el jardín sin la previa caída de la nieve. La fe que no va acompañada por el arrepentimiento, es una fe ilegítima y no es la fe de los elegidos de Dios, pues ningún hombre confía jamás en Cristo mientras no sienta que necesita un Salvador, y no podría sentir que necesita un Salvador a menos que se sienta desfallecido por el peso de su pecado. El Espíritu Santo conduce a los hombres, primero, al arrepentimiento.

Al mismo tiempo, mientras tienen una baja opinión de sí mismos, los conduce a tener un alto concepto de Jesús. Amados, ¿fueron conducidos alguna vez a la cruz? ¿Estuvieron allí alguna vez, y sintieron que la carga se desprendía de sus hombros, y vieron cómo rodaba lejos y entraba en el sepulcro del Redentor?

Cuando el doctor Neale, el eminente ‘ritualista’ tomó el libro de John Bunyan, el Progreso del Peregrino, y lo adaptó conforme a la iglesia romana, describió al peregrino llegando a un cierto baño, en el cual fue sumergido y lavado, y fue entonces que quedó liberado de su carga. Él explica que esto es el baño del bautismo, aunque yo no he visto nunca, en ninguna iglesia ‘ritualista’, un baptisterio lo suficientemente grande para que pueda bañarse en él un peregrino. Sin embargo, de acuerdo con esta falseada edición de la alegoría, Cristiano fue lavado en la pila del bautismo, y todos sus pecados fueron borrados de esa manera. Ese es el modo de la Alta Iglesia para deshacerse del pecado: el modo de John Bunyan, y el modo verdadero, es soltarlo en la cruz. Ahora, fíjense en lo que pasó. De acuerdo a la versión del “Progreso del Peregrino” del doctor Neale, esa carga creció otra vez en la espalda del peregrino, y no me sorprende que así fuera, pues una carga que puede ser quitada por el bautismo retornará con seguridad: pero, la carga que se pierde en la cruz, no retorna nunca jamás. No hay una limpieza eficaz del pecado excepto por medio de la fe en esa incomparable expiación ofrecida de una vez y para siempre sobre el madero sangriento del Calvario, y todos los que son guiados allí por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. El Espíritu de Dios nunca guió a ningún hombre a tener en poca consideración a Cristo, y a tener en una gran consideración a los sacerdotes. El Espíritu de Dios nunca condujo a un hombre a tener en poca consideración la sangre expiatoria y la fe simple en esa sangre, y a tener una gran consideración por las formas externas y las ceremonias. El Espíritu de Dios abate al hombre y ensalza al Salvador, coloca a la carne y la sangre abajo, en la tumba, y le da al hombre una nueva vida en el Señor que resucitó y que también ascendió a lo alto. “Él me glorificará”, dijo Cristo del Consolador; y ése, en verdad, es el oficio del Consolador.

Ahora, mis queridos amigos, ¿ha glorificado alguna vez el Espíritu al Señor Jesús ante sus ojos? Hermanos y hermanas, este es el punto que reviste una mayor importancia que todos los demás. Si el Espíritu Santo no ha hecho precioso a Cristo para ustedes, no saben nada acerca de Él. Si no ha exaltado a Jesús y no ha abatido su confianza en ustedes mismos, si no les ha hecho sentir que Cristo es todo lo que necesitan y que encuentran en Él más que todo, entonces, el Espíritu no ha obrado nunca un cambio divino en su corazón. El arrepentimiento y la fe han de permanecer mirando al Salvador sangrante, o, de lo contrario, la esperanza no se les unirá nunca y no les llevará a la paz como su compañera.

Cuando el Espíritu ha glorificado a Jesús, nos conduce a conocer otras verdades. El Espíritu Santo guía a los hijos de Dios a toda la verdad. Otros se descarrían en pos de esta falsedad o de aquella, pero las ovejas de Dios no oyen la voz de líderes extraños, y sus oídos están cerrados a sus lisonjas: “al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.”

Amados, ninguna mentira proviene de la verdad, y nadie que reciba una mentira ha sido guiado a esa mentira por el Espíritu de Dios, diga lo que diga. Por otro lado, la verdad es como una recámara cerrada para el hombre no regenerado; podría leer el índice de lo que está contenido en la valiosa bodega, pero no puede entrar al aposento secreto: hay Uno que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra; y la llave con la que abre es el poder del Espíritu Santo. Cuando Él abre una doctrina para que un hombre la aprenda, ese hombre la aprende correctamente, y nunca podría conocerla de otra manera. Podrías asistir a una universidad y sentarte a los pies del más erudito Gamaliel del presente día, pero no podrías conocer la verdad con tu corazón nunca, a menos que el Espíritu Santo te la enseñe. Nosotros nunca conocemos una verdad en todo su poder mientras no sea grabada en nuestra alma con fuego, como con un hierro candente mediante la experiencia de su poder, o mientras no sea grabada como sobre bronce por medio de la revelación mística del Espíritu. Únicamente el Espíritu puede grabar la verdad en el corazón, y hacerla parte y porción de nosotros mismos, de tal forma que está en nosotros  y nosotros estamos en ella. ¿Han sido conducidos de esta manera a la verdad? Si es así, denle la gloria a Dios, pues el Espíritu certifica su adopción de esta manera.

Los hijos de Dios no son solamente guiados al conocimiento, sino también al amor. Son llevados a sentir la calidez del amor y a ver la luz de la verdad. El Espíritu de Dios lleva a cada verdadero hijo de Dios a incendiar de amor al resto de la familia. Quien desconozca el amor cristiano desconoce la gracia divina.

Hermanos, nosotros tenemos nuestras disputas, pues moramos allí donde por necesidad surgirán las ofensas; pero querríamos ser lentos para recibir la ofensa y más lentos para propinarla, pues somos uno en Cristo Jesús, y nuestros corazones están ligados por Su Espíritu. Yo entiendo que ningún hombre honesto debería quedarse callado en relación a cualquiera de los errores del día, ya que es una forma ruin de cultivar la tranquilidad para uno mismo, y de ganar una popularidad que no es digna de alcanzarse; debemos decir la verdad ya sea que ofendamos o agrademos, pero esto ha de hacerse en amor y por causa del amor. Que Dios nos libre de esa sugerencia de Satanás, que nos aconseja hablar únicamente las cosas gratas que agradan a los oídos de los hombres, pues quien da paso a esta persuasión, es un traidor a la verdad y a las almas de los hombres.

El verdadero hombre de Dios debe hablar en contra de todo mal y de todo falso camino; sin embargo, en su corazón palpita un fuerte afecto hacia todo hijo de Dios, cualesquiera que sean sus errores y sus faltas. El bisturí del cirujano es misericordiosamente cruel para el cáncer, no por causa de mala voluntad para el paciente, sino debido a un honesto deseo de beneficiarle. Tenemos la necesidad de cultivar una semejante fidelidad afectuosa. El amor hacia los santos es la marca de los santos. Hay una iglesia interior formada por los propios elegidos de Dios, dentro de cada una de las denominaciones cristianas, y esa iglesia está constituida por hombres espiritualmente iluminados, que conocen la médula y el misterio del Evangelio, y, siempre que se reúnen, por diversas que sean sus opiniones, se reconocen entre sí por una especie de masonería sagrada; el Espíritu, que es uno y que los vivifica a todos, da saltos dentro de ellos al reconocer a la única vida en los pechos de los demás. A pesar de sus divergencias mentales, de las asociaciones eclesiásticas, y de diferencias doctrinales, tan pronto como los hombres espirituales oyen el santo y seña y captan la señal mística, claman: “Dame tu mano, hermano mío, pues mi corazón es como el tuyo. El Espíritu de Dios me ha guiado a mí y te ha guiado a ti, y en nuestro camino andamos juntos paso a paso; por tanto, hemos de tener comunión entre nosotros.”

Los extraños al campamento, la grande multitud de toda clase de gentes que sale de Egipto con nuestro Israel, cae tanto en peleas como en vivos deseos; pero los hijos del Dios viviente, que constituyen el cuerpo central de guardias del arca del Señor, son unánimes de corazón entre ellos, y así deben ser. “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.”

El Espíritu Santo nos guía a un intenso amor por las almas de los pecadores. Si alguien dijera: “No es asunto mío si los hombres son condenados o salvados”, el Espíritu de Dios nunca le guió a esa crueldad. Las entrañas de hierro no han sentido nunca el toque del Espíritu de Amor. Si alguna vez el espíritu o la enseñanza de un predicador te han guiado legítimamente a la conclusión de que puedes ver la condenación de tus semejantes con complacencia o indiferencia, puedes estar seguro de que el Espíritu de Dios, nunca le condujo a él o a ti, en esa dirección. El diablo tiene que ver más con la teología despiadada de algunos hombres, de lo que se imaginan. Los ojos de Cristo lloraron por causa de la condenación del pecador, y que el Señor nos libre de pensar en la condenación en ningún otro espíritu.

Quien no ama a su semejante a quien ha visto, ¿cómo podría amar a Dios a quien no ha visto? ¿Acaso mira Dios con complacencia la ruina de nuestra raza? ¿No amó de tal manera a los hombres que dio a Su unigénito por ellos? ¿Y acaso quiere que Sus propios hijos permanezcan fríos, estoicos e indiferentes frente a la pérdida de almas humanas? Amados, si moramos con Caín y clamamos: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”, el Espíritu de Dios nunca nos condujo allí; Él nos guía a la ternura, a la simpatía, a la compasión y al esfuerzo bañado de lágrimas, por si en alguna manera pueda hacer salvos a algunos.

Además, el Espíritu de Dios guía a los hijos de Dios a la santidad. No trataré de definir qué es la santidad. La santidad es vista mejor en las vidas de los hombres santos. ¿Puede ser vista en las vidas suyas?

Amado, si tú tienes un espíritu fiero e implacable, el Espíritu Santo nunca te guió allí; si eres altivo y fanfarrón, el Espíritu nunca te condujo allí; si eres codicioso y ambicionas la ganancia mundana, el Espíritu Santo nunca te condujo allí; si eres falso en tus declaraciones e injusto en tus acciones, el Espíritu Santo nunca te condujo allí. Cuando me entero de que alguien que profesa la religión se encuentra en un salón de baile o en el teatro, yo sé que el Espíritu Santo nunca le guió allí; si yo encuentro a un hijo de Dios mezclándose con los impíos, usando su lenguaje, y realizando sus acciones, estoy persuadido de que el Espíritu Santo nunca le condujo allí.

Pero si veo a un hombre que vive como Cristo habría vivido, que es amoroso y tierno, intrépido, valeroso, honesto, y preocupado de guardar en todas las cosas una buena conciencia delante de Dios y de los hombres, yo creo que el Espíritu de Dios le ha guiado; si veo que ese hombre es devoto delante de Dios, y lleno de integridad delante de sus semejantes, entonces espero y creo que el Espíritu de Dios es su líder y que influye en su carácter. “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.”

No deseo hablar severamente, pero creo que debo hablar claramente, y me siento obligado a decir que hay hipocresía en exceso entre el pueblo cristiano profesante. Muchos llevan el nombre de cristianos, pero no poseen en su interior nada más que sea cristiano. Es triste que sea así, pero así es: los falsos profesantes han rebajado la norma del carácter cristiano, y han vuelto a la iglesia tan semejante al mundo, que es difícil decir dónde comienza la una y dónde termina el otro. Nosotros ejercemos la disciplina eclesiástica como mejor podemos, pero, a pesar de todo ello, hay una semilla de maldad que no se desarrolla hasta convertirse en pecado abierto y descarado, que no podemos eliminar mediante la disciplina, pues se nos prohíbe arrancar la cizaña para no arrancar también el trigo conjuntamente con la cizaña.

¡Hombres y hermanos, hemos de ser santos! De nada nos sirve estar hablando acerca de ser ortodoxos en nuestras convicciones: hemos de ser ortodoxos en la vida, y, si no lo somos, entonces, el credo más sano únicamente aumentará nuestra condenación.

Oigo que algunos hombres se jactan de que son ‘no conformistas’ hasta la médula, como si eso fuese el asunto esencial: es muchísimo mejor ser cristianos de corazón. ¿De qué sirve el ‘inconformismo’ eclesiástico si el corazón está todavía conformado al mundo? Otro hombre podrá gloriarse de que es un ‘conformista’, pero ¿de qué le sirve eso a menos que sea conformado a la imagen de Cristo? La santidad es la principal consideración, y si no somos guiados a la santidad por el Espíritu de santidad, tampoco somos hijos de Dios.

Además, el Espíritu Santo guía a quienes son los hijos de Dios a la piedad vital: la esencia mística de la vida espiritual. Por ejemplo, el Espíritu Santo guía a los santos a la oración, que es el aliento vital de sus almas. Siempre que obtienen un verdadero acceso al propiciatorio, es por Su poder. El Espíritu Santo los guía a escudriñar la palabra, y abre su entendimiento para recibirla; Él los guía a la meditación, y a rumiar la verdad; los guía al compañerismo con Él mismo y con el Hijo de Dios. Él los levanta de inmediato de los afanes mundanos a las contemplaciones celestiales; los transporta lejos, a los lugares celestiales, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, y donde los santos reinan con Él.

Amados, ¿han sentido alguna vez estas guías? Yo estoy hablando acerca de esas guías, pero, ¿las entienden ustedes? ¿Las experimentan constantemente? Es fácil decir: “Sí, entiendo lo que estás diciendo.” ¿Has sentido esas cosas? ¿Son éstas cosas cotidianas para ti? Pues, vive el Señor, que si no has sido guiado a la oración, y a la comunión con Dios, entonces el Espíritu de Dios no está en ti, y tú no le perteneces.

Además, el Espíritu de Dios guía a los hijos de Dios a la utilidad, a unos en algún sendero y a otros en otro, mientras que unos cuantos son conducidos a un servicio muy eminente, y a una autoconsagración del orden más excelso. Bendecimos a Dios por los misioneros que han sido guiados por el Espíritu de Dios entre las tribus más salvajes para predicar a Jesucristo. Damos gracias a Dios por las santas mujeres que, aquí en casa, han sido guiadas a las partes más tenebrosas de esta ciudad para trabajar entre los seres más caídos y depravados, para levantar a Cristo delante de ellos para que Cristo los levante hasta Sí. Benditos sean esos hombres y mujeres que son guiados por el Espíritu de Dios a labores más abundantes, pues más abundante será su dicha.

Me parece que he de recordarles a todos ustedes que, si no están haciendo nada por Jesús, el Espíritu de Dios no los ha guiado nunca a esa holgazanería. Si comes grosuras y bebes vino dulce en la casa de Dios, pero no haces absolutamente nada por tu hogar, el Espíritu de Dios no puede haberte enseñado este abominable abandono. Hay un algo que cada uno de nosotros debe hacer, un talento encomendado al cuidado de cada creyente, y si tenemos el Espíritu de Dios morando en nosotros, Él nos dirá qué es lo que el Señor ha decidido que hagamos, Él nos fortalecerá para que lo hagamos, y pondrá Su sello y bendición sobre eso cuando sea llevado a cabo. Esos pámpanos muertos de la vid, que no producen racimos para el Señor, ya sea por la paciencia en el sufrimiento o por la actividad en la obra, no tienen la evidencia de que son de la casa de la fe. Aquellos que no participan en el trabajo para Jesús, a duras penas pueden esperar que finalmente sean partícipes de Su gloria con Él.

Así, de una manera sencilla, sin sumergirme demasiado profundamente en el asunto, les he dado una respuesta a la pregunta: “¿Adónde guía el Espíritu de Dios a los hijos de Dios?”

II.   Ahora voy a responder, con mayor brevedad todavía, otra pregunta: ¿CÓMO GUÍA EL ESPÍRITU A LOS HIJOS DE DIOS?

La respuesta es esta: el Espíritu de Dios opera en nuestros espíritus misteriosamente. No podemos explicar Su modo de operación, excepto que probablemente estaríamos en lo correcto si concluyéramos que Él opera en nuestros espíritus de la misma manera en la que nuestros espíritus operan en los espíritus de otras personas, sólo que de una manera más noble.

Ahora, ¿cómo ejerzo influencia en el espíritu de mi amigo? Lo hago usualmente impartiéndole algo que sé y que espero que tenga poder sobre su mente sugiriéndole motivos, y de esta manera, influenciar en sus actos. Yo no puedo operar sobre la mente de mi vecino mecánicamente; ninguna herramienta puede tocar el corazón, ninguna mano puede moldear la mente. Actuamos sobre la materia por medio de la maquinaria, pero actuamos sobre la mente por medio de argumentos, por medio de la razón, por medio de la instrucción, y así nos esforzamos por moldear a los hombres como lo deseamos.

Un grandioso instrumento que usa el Espíritu Santo en la mente es la palabra de Dios. La palabra, según la tenemos impresa en la Biblia, es el gran instrumento en la mano del Espíritu para guiar a los hijos de Dios en el camino recto. Si quieres saber lo que has de hacer, di lo mismo que aquel viejo escocés solía decirle a su esposa: “alcánzame esa Biblia”. Ese es el mapa del camino, la guía en la mochila del peregrino celestial; y si eres guiado por la palabra de Dios, el Espíritu de Dios está con la palabra y obra a través de ella, y eres guiado por el Espíritu de Dios. Cita capítulo y versículo para una acción, y, a menos que hubieres desvirtuado el pasaje, puedes estar seguro de que has actuado rectamente. Has de estar seguro de que tal y tal cosa es un mandato de Dios escrito en el libro, inspirado por el Espíritu Santo, y no necesitas una voz de trueno del cielo o un susurro angélico, pues tienes una palabra más segura de profecía, a la cual haces bien en estar atento como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro.

El Espíritu de Dios habla también por medio de Sus ministros. La palabra predicada es bendecida con frecuencia, así también como la palabra escrita, pero esto solamente puede darse cuando la palabra predicada es de conformidad a la palabra escrita. Algunas veces, los ministros de Dios parecieran dar a la palabra escrita su propia voz, de tal forma que resuena como si acabara de ser hablada por el visionario que la recibió originalmente. Según van hablando, cae en el oído como la miel cae del panal, y brota como el agua que sale del manantial; y en tales momentos penetra en el corazón, fresca y cálida, incluso con una mayor energía que cuando la leemos solos en nuestra recámara. Cuán a menudo sentimos realmente, cuando leemos una verdad en un libro (aunque ese libro sea la palabra de Dios), que nuestra indolente condición impide que tenga el mismo poder sobre nosotros, que el que tiene cuando un hombre de Dios, que la ha experimentado, y la ha probado, y la ha manejado, habla de ella como el derramamiento de su propia alma.

Que Dios les conceda que el ministerio al que asisten usualmente, sea para ustedes la voz de Dios. Que sea una guía para sus pies, consuelo para su corazón, una fortificación para su fe, y un refrigerio para sus almas, y que mientras estén sentados en la casa de oración, puedan sentir: “Esa palabra es para mí: vine aquí sin saber qué hacer, pero he recibido dirección; yo estaba desfallecido y cansado, pero he obtenido fuerza y consuelo. La voz del pastor ha sido como el oráculo de Dios para mi alma, y ahora sigo mi camino reconfortado como Ana fue reconfortada cuando el siervo del Señor habló paz a su alma.”

Quisiera hablar con gran precaución sobre otro punto, y quisiera que ustedes pensaran en él con mayor precaución todavía, pues es un asunto que ha sido tristemente abusado y utilizado para propósitos fanáticos. Yo creo que el Espíritu de Dios, directamente, incluso aparte del mundo, habla en los corazones de los santos. Hay admoniciones interiores que han de ser obedecidas devotamente, guías misteriosas y secretas que han de ser seguidas implícitamente. No es un tema para una conversación común, pero está destinado al oído del creyentes inteligente que no nos ha de malinterpretar.

Vendrán a ustedes, algunas veces, sin saber por qué, ciertos obstáculos internos, como los que percibió Pablo cuando intentó ir a Misia, pero el Espíritu no se lo permitió. Hay un cierto acto que quisieras hacer o no hacer, pero un impulso viene sobre ti que pareciera decir: “eso no, o ahora no.” No violen esa represión interna. “No apaguéis al Espíritu”. En otro momento, una cosa apropiada, una cosa adecuada fue olvidada por ustedes por un tiempo, pero regresa con una fuerza que debe ser obedecida de inmediato, y por alguna razón, no pueden sacudirse esa impresión. No le hagan violencia a ese impulso. No es a cualquiera que el Espíritu Santo le habla de esa manera; pero Él tiene Sus favoritos, y estos han de guardar celosamente el privilegio, pues, tal vez, si son sordos cuando Él habla, podría no volver a hablarles de esa manera nunca más. Si rendimos una obediencia reverente a las admoniciones, se tornarán muchísimo más cotidianas para nosotros. “Vamos” —dirá alguien— “te estás adentrando en el ‘cuaquerismo’.” No puedo evitarlo. Si esto es cuaquerismo, yo soy entonces un cuáquero: los nombres no me preocupan de ninguna manera. Cada uno de ustedes sabe si su experiencia personal confirma lo que he expresado o no, y que allí acabe el asunto; pues, fíjense, yo expongo esto con cautela, y no establezco tales admoniciones como signos indispensables de un hijo de Dios.

Se cuenta la historia (y algunos de nosotros podríamos contar muchas historias igualmente impactantes) de un cierto individuo que, una noche, fue motivado a tomar su caballo del establo, y a cabalgar unos diez o doce kilómetros de distancia, hasta una cierta casa en la que vivía un persona a quien nunca había visto. Llegó allí a altas horas de la noche, tocó a la puerta, y le respondió el señor de la casa, quien parecía encontrarse sumido en una gran confusión de mente. El visitante nocturno le dijo: “Amigo, he sido enviado a ti, no sé por qué razón, pero seguramente el Señor tiene alguna razón para haberme enviado a ti. ¿Hay algo peculiar acerca de tus circunstancias?” El hombre, pasmado, le pidió que le acompañara, subieron, y allí arriba le mostró una cuerda atada a una viga. Estaba sujetándose la cuerda alrededor del cuello, para suicidarse, en el preciso instante en que una llamada resonó a la puerta, y decidió bajar para responderla, y después, pensaba regresar a la cuerda y matarse; pero el amigo a quien Dios había enviado, habló con él, logró tranquilizarlo, le ayudó en la dificultad pecuniaria que le avergonzaba, y el hombre vivió y fue un cristiano honorable.

Yo declaro solemnemente que a mí me han guiado admoniciones igualmente poderosas, y sus resultados han sido notables para mí, de cualquier manera. En su mayoría estos son secretos entre Dios y mi propia alma, y no estoy ansioso de romper el sello y contárselos a otros. Hay muchos cerdos a nuestro alrededor como para ser demasiado generosos con nuestras perlas. Si fuéramos obedientes a tales impulsos, aunque no salváramos a los suicidas, podríamos salvar almas, y podríamos ser, a menudo, en las manos de Dios, como ángeles enviados del cielo: pero somos como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, cuya boca ha de ser sujetada con cabestro y freno; no somos lo suficientemente tiernos para ser sensibles a la influencia divina cuando nos llega, y así el Señor no se agrada en hablarnos a muchos de nosotros de esta manera, tan frecuentemente, como lo desearíamos. Sin embargo, es cierto que “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios”, independientemente de cómo los guíe, “éstos son hijos de Dios.”

Permítanme observar aquí que ser “guiados por el Espíritu de Dios” es una expresión extraordinaria. No dice: “todos los que son arreados por el Espíritu de Dios”. No, el demonio es un carretero y cuando entra, ya sea en los hombres o en los cerdos, los arrea furiosamente. Recuerden cómo el hato entero se precipitó en el mar por un despeñadero. Siempre que ves a un hombre fanático y salvaje, cualquiera que sea el espíritu que haya en él, no es el Espíritu de Cristo.

El Espíritu de Cristo es potente, obra poderosamente, pero es un Espíritu apacible; no es un águila sino una paloma. Viene como un viento recio, y llena toda la casa donde los discípulos están sentados, pero al mismo tiempo no viene como un torbellino procedente del lado del desierto para azotar las cuatro esquinas de la casa, pues se convertiría en ruinas. Viene como una llama de fuego que se posa sobre cada uno de Sus favorecidos, pero no es una llama de fuego que incendia la casa y destruye a Jerusalén. No, el Espíritu de Dios es apacible; Él no empuja sino guía. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”.

El Espíritu nos trata honorablemente al obrar de esta manera; no trata con nosotros como con ganado arreado y enmudecido, o como con olas del mar que no tienen alma; Él nos trata como a seres inteligentes, hechos para el pensamiento y la reflexión. Él nos conduce como un hombre guía a su hijo, o como un individuo dirige a su compañero, y somos honrados cuando sujetamos nuestras mentes y nuestras voluntades a un Espíritu tan divino. La voluntad no es verdaderamente libre nunca hasta que el Espíritu Santo la somete dulcemente a una obediencia voluntaria.

El Espíritu Santo obra así, aunque no podemos explicar el método, pues eso es algo demasiado inefable para nosotros, y es más fácil que conozcamos el rastro del águila en el aire, o el rastro de la culebra sobre la peña. Así como no podemos caminar en busca de los manantiales del mar, así también esto está oculto para todos los vivientes. Hemos dicho algo sobre el tema, y, en la medida de lo posible, hemos respondido a la pregunta: “¿Cómo guía el Espíritu de Dios a los hijos de Dios?”, pero nosotros somos de ayer, y nada sabemos, y, por tanto, confesando nuestra ignorancia, proseguimos.

III.   La última pregunta es: ¿CUÁNDO GUÍA EL ESPÍRITU A LOS HIJOS DE DIOS? Ah, hermanos, esa pregunta necesita una ansiosa respuesta.

El Espíritu de Dios querría guiar siempre a los hijos de Dios, pero, ay, hay veces que los propios hijos de Dios no quieren ser guiados. Son testarudos y tercos y se apartan. La condición saludable de un hijo de Dios radica en ser guiado siempre por el Espíritu de Dios. Pongan atención a esto: guiados por el Espíritu cada día; no únicamente los domingos, ni sólo en los períodos asignados para la oración, sino durante cada minuto de cada hora de cada día. Debemos ser guiados por el Espíritu en las cosas pequeñas así como en los grandes asuntos, pues, observen que aunque fuéramos guiados por el Espíritu en todos los demás asuntos durante todas nuestras vidas, sin embargo, bastaría que se dejara correr una sola acción hasta sus resultados finales, aparte del Espíritu, para que nos arruinara completamente.

La misericordia es que el Señor restaura nuestras almas; pero no hay nunca una sola hora en la que el cristiano pueda permitirse apartarse del camino del Espíritu. Si cuentas con un guía a lo largo de un sendero intrincado, y le permites guiarte durante media hora, y luego le dices: “ahora voy a guiarme yo mismo durante los siguientes cinco minutos”, en ese breve lapso perderías el beneficio de haber tenido un guía. Es claro que un piloto que sólo dirige ocasionalmente el barco, es apenas un poquito mejor que nada. Si estuvieras recorriendo una senda difícil y desconocida, harías que todas las direcciones fueran inútiles si fueras a decir: “me dijeron que volteara a la derecha en esta esquina, pero tengo la intención de probar a la izquierda.” Esa sola vuelta afectaría todo el resto de tu ruta.

Si somos realmente hijos de Dios y erramos, nuestro líder divino hará que desandemos nuestros pasos con lágrimas amargas, y que sintamos cuán malo y amargo fue haber elegido nuestros propios engaños. Si usamos sabiamente a nuestro líder divino, le seguiremos siempre.

Hijo de Dios, el Espíritu debe guiarte en todo. “Bien, pero”, —dirás— ¿lo hará?” Ah, “¿lo hará?” Sí, para tu asombro. Cuando te encuentres en dificultades, consulta al Espíritu Santo en la Palabra. Oye lo que Dios dice en el inspirado volumen, y si no proviene de allí ninguna luz, entonces arrodíllate y ora. Cuando ves una señal en una carretera del campo, y te dice qué ruta seguir, te da gusto seguir sus direcciones; pero si en tus perplejidades no ves ningún aviso, ¿qué vas a hacer? Ora. Entrégate a la guía divina, y no cometerás ningún error; pues incluso si llegaras a escoger el camino más áspero, será el camino correcto si lo seleccionaste con santa cautela y en el temor de Dios.

Amados, el Señor no permitirá jamás que un barco cuyo timón hubiere sido encomendado en Sus manos, se estrelle contra las rocas. Entrégale el timón a Dios, y tu barca sorteará el estrecho canal serpenteante de la vida, evitará cualquier banco de arena y las rocas sumergidas, y llegará segura a los buenos puertos de la bienaventuranza eterna.

La pregunta: ¿cuándo son guiados por el Espíritu los hijos de Dios?, debe ser respondida así: cuando son como deberían ser, son siempre claramente guiados por Él; y, aunque debido al pecado que hay en ellos no son siempre obedientes al mismo grado, el poder que influye usualmente en sus vidas es el Espíritu de Dios.

Ahora concluyo usando el texto de esta manera. Primero es una prueba. ¿Soy un hijo de Dios? Si es así, soy guiado por el Espíritu. ¿Soy guiado por el Espíritu? Me temo que algunos de ustedes no piensan nunca en este asunto. ¿Por quién son guiados ustedes? Cientos de personas religiosas son guiadas por sus ministros o por algún amigo cristiano, y eso es bueno para ellas; pero su religión será un fracaso a menos que sean guiadas por el Espíritu. Permíteme hacerte la pregunta de nuevo para que no la evadas: ¿Eres guiado por el Espíritu? Si lo eres, tú eres un hijo de Dios, y si no, no le perteneces en absoluto.

Eso me proporciona un segundo uso del texto, es decir, el uso de la consolación. Si eres un hijo de Dios, serás guiado por el Espíritu. Ahora, ¿tienes dudas esta noche? ¿Estás avergonzado? ¿Estás metido en dificultades? Entonces, como los hijos de Dios son guiados por el Espíritu, tú serás guiado. Tal vez estés mirando demasiado lejos en el horizonte, y tienes miedo de las dificultades que se presentarán en la ancianidad, o en la muerte de algún pariente.

Ahora, Dios no nos ha dado ojos para hurgar en el futuro, y ¿de qué sirve que estemos atisbando allí donde no podemos ver? Pónganlo todo en las manos del Padre celestial, y serán guiados, certeramente, por el Espíritu Santo. Cuando llegas al punto en el que pensabas que habría una dificultad, muy probablemente descubrirás que no hay ninguna. “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”, decían las santas mujeres, pero cuando llegaron al sepulcro, he aquí, la piedra ya había sido removida. Prosigue caminando por fe, como un hijo de Dios, con la plena seguridad de que la senda de la fe, aunque no sea fácil, será siempre una senda segura, y todo estará bien, y serás guiado en el camino correcto a las moradas eternas.

La última palabra de todas es esta: el texto es una seguridad. Si eres conducido por el Espíritu de Dios, entonces eres un hijo de Dios con toda certeza. ¿Puedes decir esta noche: “me someto a la voluntad del Señor? No soy perfecto aunque quisiera serlo; estoy abrumado por mil debilidades, pero si el Señor me enseña, estoy dispuesto a aprender, y si Él tiene paciencia conmigo me esforzaré en seguirle. ¡Oh, cuánto daría por ser perfectamente santo! Anhelo ser puro por dentro. Deseo sobre todas las demás cosas de este mundo no ofender a mi Dios, sino andar con Él en luz como Él está en luz, y tener comunión con Él, mientras que la sangre de Jesucristo Su Hijo me limpia de todo pecado.”

Hermano mío, ten la plena seguridad de que nadie jamás anheló algo semejante excepto un hijo de Dios. La carne y la sangre no te han revelado esto. Nadie, excepto un heredero del cielo tuvo jamás tales deseos, y aspiraciones, y gemidos por la santidad, y tales tristezas por las fallas y los errores. El texto no dice: “el que corre en el Espíritu es un hijo de Dios”, sino el que es guiado por el Espíritu de Dios. Ahora, podríamos tropezar mientras somos guiados; un hombre podría ir muy despacio mientras está siendo guiado; podría ir con muletas mientras está siendo conducido; puede arrastrarse apoyándose sobre sus manos y sus pies mientras está siendo guiado; pero ninguna de estas cosas le impide en lo absoluto ser conducido verdaderamente.

A pesar de todas tus debilidades y deficiencias, el punto es: ¿eres guiado por el Espíritu de Dios? Si lo eres, todas tus debilidades y tus fallas te son perdonadas por mediación de Cristo, y que seas conducido es la marca de que has nacido de nuevo. Regresa a casa y regocíjate en tu condición de Hijo, y si has sido débil, pídele a Dios que te haga fuerte; si has sido cojo, pídele que te sane; y si te has arrastrado sobre tus manos y tus pies, pídele que te ayude a caminar erguido; pero, después de todo, bendícele porque Su Espíritu te guía en verdad. Si sólo puedes caminar, pídele que te haga correr; y si puedes correr, pídele que te remonte sobre alas de águilas. No te quedes satisfecho con cualquier cosa que no llegue hasta los más excelsos logros; y, al mismo tiempo, si no los has alcanzado, no te desesperes. Recuerda que en la mayoría de las familias hay bebés así como también hay hombres y mujeres: el niñito con faldones largos que es llevado en los brazos y es colocado en el pecho, es tan amado para el progenitor como el hijo que en la plenitud de su hombría marcha junto a su padre, y toma su porción en la batalla de la vida. Ustedes son hijos de Dios si son guiados por el Espíritu, por pequeña que sea su estatura y por débil que sea su gracia. La edad, la fortaleza o la educación del hombre, no son esenciales para su condición de hijo, pero la certidumbre de su nacimiento es la cosa que más importa. Asegúrense de ser guiados por el Espíritu, o su nacimiento no es de arriba.

Si has sido condenado por este sermón, entonces acude presto a Jesús, y reposa en Él, penitente y confiadamente. Que el Espíritu de Dios te guíe a hacer eso, y entonces eres un hijo de Dios. Que Él les bendiga ahora. Amén

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Romanos 8: 1-17.  

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